Madagascar

La visita a la isla africana de Madagascar, en el océano Índico frente a la costa oriental de África despertó en mi interior un sinfín de pensamientos respecto de la vida judía, tanto en el pasado como en el presente. Habitualmente el móvil de la visita a esta isla es disfrutar de las maravillas de la creación, de la vegetación, de las infinitas extensiones verdes de las selvas tropicales y de las reservas naturales que albergan en su interior especies animales únicas que solo habitan en esta región. Empero, como de costumbre, mi visita estaba motivada por el deseo de encontrar el aspecto judío del lugar. Si bien los libros de demografía señalan que no hay población judía en la isla, existen en ella tradiciones, historia y vida judía que se renuevan. Los turistas llegan a la búsqueda de lémures, en mi caso, vine a buscar una población aún más exótica, la de los judíos “malgaches”, y al final de cuentas los encontré.

Madagascar, naturaleza, población y religión

La república de Madagascar es la cuarta mayor isla del mundo y se encuentra entre el océano índico y el estrecho de Mozambique en el sureste de África. La isla se separó del continente negro y por miles de años se movió hacia el Este. Se trata de uno de los países del mundo con mayor biodiversidad, donde se pueden encontrar desde los famosos monos lémures pasando por una extensa variedad de tortugas, serpientes, salamandras y aves amén de los famosos árboles de baobab del “Principito”. Sin embargo, la gran riqueza ecológica se ve contrastada por una gran pobreza económica. A ojos del visitante resalta la paradójica contradicción entre la increíble exuberancia natural y la situación económica de sus habitantes.

La topografía, la flora y la fauna de esta isla son de las más esplendorosas del mundo. Se pueden encontrar desde selvas tropicales hasta zonas desérticas pasando por la meseta montañosa que alcanza una altura de unos 2800 metros. Según algunos estudios, en esta isla se encuentra un 5% de la biodiversidad del mundo, decenas de tipos de plantas y animales endémicos que son exclusivos de esta tierra.

Asimismo, también la población humana es diversa y está compuesta de unas dieciocho tribus que arribaron desde África oriental, la Polinesia, Indonesia y Malasia, africanos y árabes. Todos hablan un mismo lenguaje basado en el idioma de la tribu mayoritaria, el “marina”. El segundo idioma más hablado es el francés. El color de piel de los malgaches no es uniforme, empero, en términos generales son de piel más clara que el promedio africano. Actualmente en la isla viven unos veinte millones de habitantes de los cuales la mitad creen en diferentes formas de cristianismo mientras que los demás profesan una fe animista local la cual se basa en gran medida en el culto a los ancestros. Un 7% de la población aproximadamente profesa el islam.

Los vínculos entre Europa y Madagascar comenzaron aproximadamente allá por el año 1500 cuando el explorador portugués Diogo Díaz arribó a la isla por vez primera. Posteriormente fueron los ingleses, franceses y holandeses quienes intentaron entablar relaciones comerciales con la isla. Madagascar se transformó oficialmente en colonia francesa en 1897 y esto duró hasta 1960. Hasta el día de hoy es dable encontrar allí arquitectura, baguettes, croissants y café franceses en cada rincón. En octubre de 1958 la república malgache se proclamó autónoma en el marco de la república francesa y en junio de 1960 Madagascar adquirió completa independencia y pasó a llamarse “República Malgache”.

Tradiciones locales sobre raíces judías

Según la tradición local Madagascar es la tierra de Ofir que figura en la Biblia y jugó un importante rol en el abastecimiento de materiales de construcción para el Templo de Salomón. Los isleños creen ser descendientes de judíos e israelitas y consideran que sus ancestros pertenecían a las diez tribus perdidas que llegaron por mar. Es de señalar que la mayoría de los isleños son circuncidados y se abstienen de ingerir puerco. Muchos también creen que el arca del pacto junto con las tablas quebradas, el bastón de Moshé y una copia del libro de Daniel se encuentran en la isla y son resguardados por descendientes de los levitas en la región de “Watamsina- Wahipanu”. Inclusive el príncipe Nadiriana Rabriolina, descendiente de la casa real de la tribu “Marina” sostiene con orgullo que desciende de raíces judías. En su opinión, un 80% de los isleños tienen ascendencia judía.

La creencia respecto de la ascendencia judía de los locales recibe el nombre de “El secreto malgache”. Ellos creen que este secreto no es conocido por la mayoría del mundo empero en su opinión este es simple y claro, al punto de que a veces se consideran a sí mismos como la “Diáspora Jiosy Gasy” o Diáspora judeo-malgache”.

Entre los diferentes grupos isleños que creen tener ascendencia judía se encuentra la tribu “Marina”, una de las más importantes y numerosas quienes originalmente se denominaban “Argón Yehudai”. La tribu “Marina” posee determinadas costumbres que son consideradas judías como por ejemplo la circuncisión, la separación de la pareja durante los días del período menstrual y la abstención de la ingestión de cerdo. Asimismo, en algunas fiestas acostumbran a degollar un cordero y el jefe de la familia unta con su sangre los cuatro costados de la casa. Existe también una similitud en otros detalles como por ejemplo la de los instrumentos musicales tradicionales tales como el órgano (nevel) el cual sostienen heredaron del Rey David amén de velas recordatorias similares a la “vela de Tamid” o “vela permanente” que según ellos son un recordatorio del altar del sahumerio de los días del primer Templo.

Es difícil describir la sensación especial que me embarga cuando llego a un confín del planeta, a los sitios más distantes física y espiritualmente del pueblo judío, de comunidades judías y de creencias judías y los lugareños sostienen poseer ascendencia judía. No hay rincón del planeta en el cual no sea dable toparse con este fenómeno y en mi opinión, sin entrar a opinar respecto del grado de veracidad histórica de cada versión, se trata de un fenómeno interesante y emocionante. Generalmente, grupos que procuran establecer un nexo con el pueblo judío histórico recurren a la similitud entre sus costumbres, sus creencias, sus leyendas populares y las nuestras; así como entre sus ciclos anuales y de vida y los nuestros.

Sin embargo, es necesario puntualizar que las evidencias históricas en cuanto a la presencia de judíos en la isla son escasas y probablemente esos pocos indicios se remontan al siglo VII cuando comerciantes árabes navegaron hasta la isla o al siglo XVI cuando entre los marineros portugueses que construyeron puertos comerciales en la isla se encontraban también cripto judíos o “marranos”.

El plan Madagascar

Es probable que el vínculo judío más sorprendente con la isla sea el “Plan Madagascar”. No se si este plan es conocido por el público general, pero antes de que los nazis decidieron asesinar a los judíos de Europa en cámaras de gas, concibieron el “Plan Madagascar”, que implicaba transportar hacia esa isla a millones de judíos oriundos de Europa.

Al iniciarse la segunda guerra mundial no existía un plan operativo ordenado de exterminio de la judería europea. El gobierno nazi y diferentes países de Europa idearon diferentes propuestas de cómo solucionar definitivamente el problema judío en el viejo continente. Una de las propuestas que surgieron tras la conquista de Polonia y Francia fue expulsar a los judíos hacia una “reserva judía” en la reserva natural de Madagascar. El plan consistía en aislar a los judíos en un sitio remoto con el claro objeto de deshacerse de ellos y limpiar a Europa de sangre hebrea.

El primer ideador de este plan fue el escritor alemán antisemita Paul De Lagarde, quien en 1885 propuso concentrar a todos los judíos de Europa en Madagascar. En los años 20 del siglo XX el plan fue replanteado por parte de un grupo antisemita británico y luego por similares polacos entre las dos guerras mundiales. Los grupos de derecha adoptaron la idea llamándola “judíos a Madagascar”. En 1937 los gobiernos de Francia y Polonia comenzaron a planificar juntamente con los nazis el traspaso de los judíos a Madagascar. Al final de 1940 los nazis transportaron a parte de los judíos de Alemania Occidental a Francia como primera etapa de su expulsión a Madagascar. Tras un concienzudo análisis resultó que el plan no era viable ni desde el punto de vista logístico ni del presupuestario por lo que fue descartado y lamentablemente los nazis lo sustituyeron por “la solución final” que implicaba la destrucción física de los judíos europeos.

Existen diferentes hipótesis respecto del objeto que perseguían los nazis exiliando a los judíos a Madagascar. Algunos sostienen que el objetivo era simplemente alejarlos geográfica, cultural y socialmente del viejo continente mientras que otros opinan que el objetivo era llevarlos al desierto africano para que allí mueran lenta y paulatinamente lejos de los ojos europeos.

Heinrich Himmler quien fuera a la postre el ejecutor de la “solución final”, ejerció la comandancia de las SS, de la Gestapo y ocupara el cargo de ministro del interior del Reich, escribió respecto del plan Madagascar: “Espero borrar por completo el elemento judío permitiéndoles emigrar hacia una colonia africana o cualquier otro sitio”.

En el pasado los pueblos saludables y sus líderes solucionaban este problema rápidamente, o por medio de expulsión o por medio de exterminio. En el presente, las mentes de los gentiles resultan débiles y su pensamiento confuso afectados por ideas “humanistas” y “filantrópicas” solo en apariencia. El judío es el que anegó al gentil con estos mareos humanistas. Si hoy hablamos de la necesidad de separar y alejar al judío por ser nocivo a la comunidad de las naciones por doquier se esgrimen argumentos del tipo “se trata de un atentado a la humanidad” o “no se debe actuar contra los judíos de modo inhumano” etc. A los efectos de acallar a esos asnos del humanismo y amigos encubiertos de los judíos es que el antisemita inteligente llegó a la conclusión de que es necesario enviar a los judíos a Madagascar. Se trata de una isla en el Océano Índico que está escasamente poblada y cuenta con suficiente espacio para alojar a todos los judíos del mundo”

Cuando se visita Madagascar y se ve el plan nazi que casi se transforma en realidad no se puede dejar de hacer la pregunta del millón de dólares: “¿qué habría ocurrido si los judíos de Europa no hubiesen sido enviados a las cámaras de gas y en su lugar hubiesen emigrado a las bellas extensiones de Madagascar?”

Aparentemente es una pena que este plan no alcanzó a concretarse pues la isla es muy tranquila y retirada, sin enemigos que la rodeen, cuenta con importantes recursos naturales tales como oro, diamantes, abundantes frutas y verduras que crecen en las reservas naturales. Es de suponer que si los judíos hubiesen llegado a este sitio podrían haberlo convertido en “la perla del mundo” y especialmente los judíos no habrían llegado a los crematorios.

Por un momento procuré imaginarme a los judíos askenazíes viviendo en Madagascar, visualizar qué habría pasado si mi abuela que fue llevada a Auschwitz y asesinada santificando el Nombre Divino hubiese llegado a tierras malgaches ¿Cómo se habría visto entonces la historia judía?

La erección de hogares nacionales alternativos para el pueblo judío

A lo largo de la historia hubo diferentes intentos tanto por parte de judíos como por parte de gentiles de erigir un refugio seguro para el pueblo judío o un estado judío, pero fuera de los límites históricos de la tierra prometida. Herzl quiso fundar un estado judío en Uganda, El Baron Hirsch construyó colonias judías en el norte de la Argentina, la Unión Soviética estableció una provincia judía autónoma en Birobidjan junto a la frontera Este con la China y Stalin sopesó el establecimiento de una república judía en la península de Crimea. Hubo otros intentos, por ejemplo, en vísperas de la segunda guerra mundial hubo un intento de atraer judíos alemanes al Estado de Alaska empero el plan resultó trunco. El “Plan Kimberly” fue una iniciativa de poblar masivamente con judíos la región que lleva ese nombre en el Oeste de Australia en 1933. En la práctica, a lo largo de los años hubo más de treinta propuestas de colonización judía a lo largo y ancho del mundo. Como es sabido, ninguna de estas logró concretizarse. El “Plan Madagascar” solo fue uno de muchos.

Vida judía en Madagascar

Sorprendente y hasta milagrosamente la vida judía se está renovando en la isla de Madagascar. Setenta y cinco años después del mentado plan que no trajo ni un judío a este lugar, surge un grupo de buscadores de judaísmo que procuran conectarse al pueblo de Israel y su fe. El origen de este grupo se remonta a personas de fe cristiana de diferentes corrientes, evangélica, adventista, luterana, mesiánica y pentecostal que no encontraron sitio en las diferentes iglesias y buscaron una forma de acercarse al Dios de Israel y Su Torá, y tras un prolongado proceso de acercamiento finalmente se convirtieron.

Otros son personas que descubrieron raíces judías y me dijeron claramente: “Gracias a mi herencia paterna soy hebreo y por mis venas fluye sangre judía. Eso es lo importante para mí, como tengo una prueba irrebatible en mi alma de que pertenezco a la raza judía y dado que tengo sangre judía debo cumplir devotamente la fe de mis ancestros, la fe de Abraham, Itzjak y Yaakov”.

Estas personas formaron una comunidad judía que cuenta con mil quinientos adeptos distribuidos en tres sinagogas en la capital Antananarivo. Se reúnen para rezar en sábados y fiestas y algunos también los lunes y los jueves. Los líderes de la comunidad son llamados “morim” (maestros en hebreo) y son quienes enseñan Torá y rezos a la congregación. La comunidad se llama oficialmente “La Communaute Juive de Madagascar” y su objetivo es “enseñar la Biblia hebrea, brindar educación social de acuerdo con la Torá, promover las relaciones interpersonales y observar los preceptos de la Torá”. Los miembros de la comunidad no piden inmigrar a Israel sino mantener la vida judía en la isla.

En Shabat recé con los miembros de la congregación y tuve el privilegio de escuchar una plegaria ejemplar. Tuvia, uno de los “morim” de la comunidad, un muchacho con bucles (peot), rezó con gran devoción entonando las melodías de los judíos de países árabes u orientales con gran apego y emoción. Cuando le pregunté dónde aprendió a rezar tan bonito me respondió que en “Youtube”. En efecto, esta plataforma virtual se ha transformado en una importante fuente de difusión de judaísmo tanto para judíos como para grupos que procuran acercarse.

En el vuelo de regreso de Madagascar a Israel (vía Estambul) reflexioné sobre el pueblo judío, sobre la historia judía y sobre Dios…qué lástima que “la solución final” de los nazis no nos trajo a esta isla. Cuán irónico es que varias décadas después del holocausto que costó las vidas de seis millones de judíos mayormente europeos, surja vida judía en Madagascar. ¿Cuál es el mensaje que Dios procura transmitirnos? De todas maneras, hoy podemos decir con propiedad: hay judíos en Madagascar, hay judaísmo en Madagascar, ¡Am Israel Jai!

Por Rabino Eliahu Birnbaum

Reflexiones sobre España y los judíos

En estos días el pueblo judío ha recibido la buena nueva de la posibilidad de recibir ciudadanía y pasaporte español para todos los descendientes de los expulsados de 1492. Quisiera analizar algunos aspectos de este tan trascendente evento y especialmente traer a la memoria cuestiones ya olvidadas respecto de la relación ambivalente entre los judíos y España a lo largo de la historia, relación en la cual han alternado sucesiva y simultáneamente el amor y el odio, y en la cual también interactúan conjuntamente la nostalgia y el dolor.

En el marco de mis ocupaciones laborales suelo visitar año tras año en más de una oportunidad tanto a España como a Alemania. Me cuesta decidir en cuál de los dos países me veo más invadido por sentimientos de dolor y enojo en virtud de lo que pasaron los judíos en esos lares. España es un país de contradicciones para el judío. Es la tierra de la edad de oro del judaísmo español (“Tor Hazahav”) y de la expulsión, tierra de refugio durante los días del holocausto, así como también tierra de opresión e inquisición. Tanto la actitud dual de los judíos hacia España, así como el intento de este país por atraerlos nuevamente nada tienen de nuevos.

Unos sesenta millones de turistas de todo el mundo visitan España anualmente. Según la organización internacional de turismo España se ubica en el tercer puesto mundial en visita anual de extranjeros, siguiendo solamente a Francia y a China en este parámetro y captando el 7% de todo el turismo mundial (más que países como Italia o los Estados Unidos). La capital, Madrid, ubicada en el centro geográfico de este país es una metrópolis colmada de jardines y parques, cafés y museos, todos los cuales le confieren un carácter policromático y vibrante. Sin embargo, considero que el turista judío no puede dejar de sentir el recuerdo de las sombras inquisitoriales que acechan en la Plaza Mayor, sitio en el cual se llevaron a cabo varias de las ejecuciones o autos de fe de judíos.

El nombre del país, España o “Hispania” era llamado “Aspamia” en nuestras fuentes clásicas. Nuestros sabios de bendita memoria mencionan a Aspamia como ejemplo de un sitio alejado: “Una persona que duerme aquí (en Babilonia) mas sueña en Aspamia” (Talmud Babilonio Tratado de Nidá 30(2)). El nombre “Sefarad” como sustituto del vocablo Aspamia se origina en la profecía de Ovadiá (1:20) la cual reza: “y la cautividad de Israel que está en Sefarad…”

El retorno de los judíos a este país simboliza una nueva etapa en la cual tras centurias de opresión religiosa se abrió la posibilidad de que estos habiten una tierra que por trescientos cincuenta años prohibió altivamente su ingreso.

¿Por qué los judíos no retornaron antes a España? ¿Qué los detuvo? ¿Acaso son los judíos quienes se abstuvieron o fueron los españoles quienes les detuvieron?

Hay quienes conectan entre el no retorno judío y la prohibición o anatema que decretaron en ese sentido las autoridades religiosas judías, empero, en realidad esta prohibición no era necesaria por cuanto que mientras las leyes inquisitorias estuvieron vigentes a ningún judío se le ocurrió volver y además el edicto de expulsión era muy claro en cuanto a que la presencia judía en la península se penaba con la muerte. Sin embargo, además del aspecto legal que se mantuvo vigente mediante decretos confirmatorios del siglo XIX hasta la abolición final de esta normativa en 1834, el no ingreso de judíos a España encierra también un aspecto sociológico muy sencillo y es que es muy difícil asentarse en un país en el cual no se es bienvenido o tolerado. Por lo tanto, debe decirse que los judíos estaban privados de asentarse en España no en virtud de un “boicot judío” sino en virtud de un” boicot español”.

En el pasado se llevaron a cabo intentos de pedir a las autoridades españolas que permitan el ingreso de judíos. Ya en 1641 un judío llamado Jacobo Cansino que radicaba en Madrid mantuvo una negociación con el Duque de Olivares sobre el retorno de los judíos a ese país, empero, este proyecto fue saboteado por el Supremo Consejo Inquisitorial. Asimismo, en días del Rey Carlos II (1665-1700) hubo un intento de devolver a los judíos a España de acuerdo con la propuesta de uno de los ministros de la corte quien pensó asentarlos en las colonias españolas a los efectos de desarrollarlas. Sin embargo, esta propuesta también fue abortada, esta vez por la casa real.

En el año 1802 el entonces rey de España Carlos IV escribió: (OJO, ponerle texto original) “…mi corazón misericordioso y devoto dista muchísimo de permitir cambiar la ley que es aceptada en nuestros dominios en cuanto a no aceptar judíos sin que estos acepten sobre sí la ley de la iglesia ya que deseamos mantener la pureza de la fe católica … es por ello  que ordeno continuar manteniendo la ley inquisitorial sin excepción con aquellos hebreos que ingresen al reino de España…”

Estas premisas son más que claras, está completamente prohibido para todo judío asentarse en España durante las primeras décadas del siglo XIX. Es probable que la leyenda respecto del juramento judío de no retornar a España sea de hecho una suerte de venganza ante la negativa española de no permitir su ingreso.

La apertura de las puertas de España a la inmigración judía no acaeció de repente o de una sola vez, sino que fue un largo proceso pleno de altos y bajos. Si bien en 1808 las leyes inquisitoriales fueron anuladas por Napoleón estas fueron reinstauradas por el rey Fernando VII en 1814. Nuevamente fueron derogadas entre 1820 y 1823 para ser nuevamente instauradas por el rey Fernando.

Solamente en 1834 se decidió derogar estas leyes definitivamente y en 1865 fueron derogadas también las referidas a la pureza de sangre, las cuales impedían que sirva en un puesto público o de mando a quien no puede demostrar ascendencia católica pura.

En 1968 (hace sólo 50 años) se decretó la anulación total del decreto de expulsión.

Sin embargo, desde el punto de vista estrictamente legal, la derogación del decreto de expulsión no implica que las demás religiones puedan gozar de libertad de culto sobre suelo español o ingresar al país. Según la constitución de 1876 los únicos rituales religiosos permitidos en el dominio público son los católicos. Sólo en la constitución de 1896 se derogó el edicto de expulsión y el entonces primer ministro Emilio Castelar declaró por vez primera que las puertas de España estaban abiertas a los judíos. En 1917 se concedió por primera vez un permiso para la construcción de una sinagoga y comenzaron a realizarse servicios religiosos en el “Beit Midrash Abarbanel”. Cuando finalmente se promulgó en 1968 la ley que garantiza la libertad de culto la comunidad sefaradita ortodoxa recibió permiso de construir en el corazón de la capital, en la calle Balmes, la primera sinagoga desde los días de la inquisición. La primera sinagoga desde la expulsión fue construida en Barcelona en 1954.

El antiguo anatema

Si bien existe una tradición oral en cuanto que los expulsados de España declararon que no volverían a la península ibérica (España y Portugal) para a asentarse, esto carece de una clara fuente o respaldo tanto halájico como histórico. A este respecto  el Rav Kuk escribe: “Sobre el anatema de no asentarse en España no encontré aun una fuente que especifique si se trata de anatema, juramento o voto, y por ende no creo que sea de carácter más estricto que la prohibición de asentarse en la tierra de Egipto la cual aplica sólo para residencia permanente mas no si se trata de una visita por trabajo con la intención de retornar posteriormente al país del cual se proviene” (Igueret HaReaiá II 632). En la responsa Kol Mevaser el Rabino Meshulam Rate (3:3) escribe: “En cuanto a lo que se dice que los expulsados de España decretaron un anatema por efecto del cual no retornarían a ese país, no lo encontré documentado en libro alguno por lo que esta tradición carece de fundamento sólido (más aun, en la responsa “Mabit” 1:307 se demuestra lo contrario: “puesto que ni hay judíos en Aragón hace ya setenta años, y creemos que ningún judío se asentará ya en esos lares pues el Eterno Bendito Sea reúne a Su pueblo en la tierra de Israel prontamente. Analízalo detenidamente y lo entenderás”).

Tras haber revisado e investigado el tema de si existe o no un fundamento sólido para el anatema encontré únicamente en los reglamentos del “Ma´amad” de Londres en el siglo XVIII que pende una prohibición de retornar a ese país para los descendientes de cripto judíos que salieron de España y retornaron al judaísmo en el extranjero, por razones obviamente comprensibles para ese grupo específico pero que no se aplican para el resto del pueblo judío.

El retorno a España, ¿cuándo y por qué?

Hasta cuanto sabemos, antes del 1834, año en que se abolieron las leyes inquisitoriales no hubo judíos en España. Solamente en la segunda mitad del siglo XIX presenciamos un cambio que causó el retorno de estos al país por lo que comenzaron a fluir paulatinamente y en pequeños números. En 1877 había 406 judíos en toda España 31 de los cuales residían en Madrid. En 1900 su número ya alcanzaba los mil.

El fundamento legal de su ingreso fue la reforma constitucional de 1868 que dejó sin efecto el edicto de expulsión de 1492 y garantizó la libertad de culto y consciencia para todos los habitantes sea cual fuere su fe. Sin embargo, esto no afectó el carácter oficial del credo católico en el país.

Además, la situación de los judíos de la vecina Marruecos les forzó a abandonar ese país en busca de nueva residencia. Las guerras que comenzaron en el Norte de África entre 1859 y 1860 sumadas a las dificultades económicas en las ciudades marroquíes, la explosión demográfica en los barrios judíos, la propagación de la malaria y otras enfermedades contagiosas, el encarcelamiento de judíos por parte de las autoridades, la demolición de sinagogas, las persecuciones, el sufrimiento tanto corporal como espiritual y los pogromos causaron la emigración desde Marruecos en dirección a España. Efectivamente, los primeros judíos comenzaron entonces a retornar a España tras cuatrocientos años de ausencia asentándose principalmente en las ciudades sevillanas en el Sur del país. En esos años ingresaron solamente unas decenas de judíos.

Paralelamente a estos eventos en el Norte de África, en el sur de Rusia comenzaron a estallar pogromos en reiteración real, entre ellos los fatalmente conocidos de Kiev y Odessa de 1881. Muchos judíos huyeron a países vecinos tales como Austria, Rumania, Turquía y en determinado momento pidieron a las autoridades españolas permiso de ingreso. Por cuanto que varios de entre los refugiados eran descendientes de los expulsados de España, el Rey Alfonso XII abrió ante ellos las puertas del país y hasta dijo: “Bienvenidos a vuestra antigua patria”. Durante la primera guerra mundial el parlamento español debatió respecto de la posibilidad de proteger a los judíos de los Balcanes descendientes de los expulsados de Sefarad.

En los inicios del siglo XX continuó el flujo migratorio judío hacia España mas esta vez se asentaron principalmente en Madrid. Judíos llegaron a España durante la primera guerra mundial y encontraron en ésta refugio. Entre los inmigrantes se encontraba el prominente líder sionista Max Nordau quien fuera expulsado de Paris en el inicio de la guerra teniendo que asentarse en España hasta el final de esta.

Actualmente viven en España unos 30.000 judíos. Hay quienes sostienen que esta cifra es exagerada y no refleja la realidad. Es menester recordar que muchos judíos llegaron a España provenientes de Sudamérica durante los años de las crisis económicas, aunque la mayoría de estos retornaron posteriormente a la Argentina, el Uruguay etc.

En el presente los dos principales centros judíos de España son Madrid y Barcelona. Sin embargo, existe otra decena de pequeñas o pequeñísimas comunidades judías agrupadas bajo el rótulo de la “unión de comunidades judías españolas” en: Málaga, Torremolinos, Marbella, Granada, Sevilla, Valencia, Palma de Mallorca, Melilla y Ceuta (estas últimas en el Marruecos español).

Antisemitismo a la española

Parecería que a pesar de que los judíos en España son relativamente nuevos, el antisemitismo es antiquísimo. Los judíos cambiaron y no son la continuación natural de aquellos que fueron expulsados, empero, la actitud hostil hacia ellos no ha variado. Cientos de años de prédica católica antijudía tanto pública como práctica han dejado una huella indeleble en los habitantes de este país. El antisemitismo en España está tan profundamente enraizado que encuentra renovadas manifestaciones en la mentalidad de la gente, tanto en términos lingüísticos como de estereotipos que resultan imposibles de erradicar de la cultura popular. El antisemitismo está presente no solo en virtud de los nuevos inmigrantes musulmanes como en otros países europeos sino a raíz de los antiguos habitantes cristianos.

Años y años de ataques a judíos, inquisiciones y expulsión no se pueden borrar con facilidad. A pesar de que durante siglos ningún ojo español se topó con un judío el odio profundo de los españoles para con nuestro pueblo no ha desaparecido en lo más mínimo. España es hasta el día de hoy uno de los países más antisemitas de Europa y en este el vocablo “judío” es sinónimo de traidor, extraño, hereje y adversario político.

En el diccionario oficial de la real academia española se preservaron conceptos que expresan una actitud hostil hacia nuestro pueblo. Del vocablo “hebreo” dícese que es “un israelita o judío que “aun” mantiene su fe mosaica y se dedica al comercio”. La palabra “aun” expresa claramente la actitud implacable de la iglesia en cuanto a que la única fe verdadera es la católica y la definición de hebreo como comerciante no es traída a colación en virtud de la admiración que esta profesión despierta a los ojos del espíritu popular sino con un tono de desprecio y crítica abierta.

De acuerdo con el diccionario de la real academia en su edición de 1956 “judío” es un “tacaño prestamista a interés”.

Hacer una “judiada” significa realizar una acción inmoral digna de un judío. Esta palabra figura explícitamente en el diccionario de la real academia de 1956. En 1988 este vocablo fue “corregido” y sustituido por: “Acto negativo que en el pasado se consideraba digno de un judío”. En efecto, hay aquí un cambio de estilo, pero no de contenido, la conclusión es clara: los judíos realizan acciones que no son apropiadas y esto les particulariza. Hasta hoy, en el lunfardo español cuando alguien quiere decir “no me engañes” dice “no hagas una judiada”, o sea, una acción digna de un judío.

El vocablo “sinagoga” tampoco ha sido renovado en los diccionarios de la lengua española y se define como “lugar de reunión en el cual los judíos rezan y oyen la ley de Moisés” y también como “sitio de encuentro de personas que planifican un acto ilegal o procuran pleito”.

De esta manera la imagen del judío en España se tornó deforme e imaginaria sin que refleje a una persona real que habita en la península ibérica o en el mundo.

Sin embargo, a pesar de los sentimientos antisemitas y antiisraelíes que caracterizan a la población española no podemos pasar por alto la visita simbólica que realizara el rey de España en 1992 a la sinagoga de Madrid conmemorando los quinientos años de la expulsión. En este evento se puso de manifiesto el deseo del pueblo español de renovar su vínculo con el pueblo judío. El entonces presidente de Israel Jaim Herzog también participó de este magno acontecimiento.

Asimismo, otro punto favorable en la relación sensible y ambivalente de España hacia los judíos se puso en evidencia con el salvataje de muchos de nuestros hermanos durante la segunda guerra mundial. En 1924 se proclamó un decreto por medio del cual se concedía ciudadanía española a toda persona de origen sefaradí, especialmente a los originarios de los Balcanes. Esto salvó cuantiosas vidas de judíos que hallaron refugio en España. Muchos judíos alemanes se refugiaron en este país entre 1931 y 1936. A pesar de la postura oficial del Gral. Francisco Franco de apoyo a las fuerzas del eje, no se puede pasar por alto los numerosos intentos y gestiones llevadas a cabo por el gobierno español que condujeron a la salvación de judíos que eran ex ciudadanos españoles o sus descendientes, tanto durante el holocausto como con posterioridad al mismo. España gestionó la liberación de judíos españoles de los campos de exterminio. De esta manera se produjo una situación única amén de interesante, tras concluir la segunda guerra mundial la mayoría de los judíos miembros de la comunidad judía española eran de origen askenazí.

La neutralidad española durante la segunda guerra mundial permitió a 25.600 judíos usar a ese país como vía de escape de Europa. Sin embargo, la gran mayoría de estos abandonaron España tras concluir la guerra.

El vínculo ambivalente de los judíos hacia España se mantuvo a lo largo de los años no solamente en el ámbito de la memoria histórica sino también en el de los hechos reales. Incluso tras haber sido expulsados de España, los judíos continuaron hablando en ladino (“Mame Loshn”) en todos aquellos rincones del imperio otomano a los que arribaron, desde Marruecos y Turquía hasta los Balcanes, Salónica y el Sur de Italia.

No hay como un idioma para reflejar la cultura y el espíritu de quienes lo hablan. El ladino era el idioma de los exiliados de España y Portugal que se dispersaron a lo largo y ancho del Mar Mediterráneo. Cuando los judíos fueron expulsados de la península ibérica se llevaron consigo la lengua que empleaban, esto es, el español del siglo XV que se hablaba y escribía en la España de la época. Por ello el ladino hoy día preserva la gramática española de entonces, tal como aquellas personas que en la actualidad hablan hebreo bíblico o mishnaico en pleno siglo XXI. Incluso en la actualidad existen numerosas comunidades en las cuales los judíos preservan esta lengua y se esfuerzan por evitar que se pierda para que de esa manera no se corte el centenario nexo con su patria y hogar, España.

Muchos de los judíos expulsados continuaron cultivando su cultura española en el exilio. Las compras, la comida, el mercado, la carnicería, todo se continuaba llevando a cabo en ladino, los judíos carecían de amigos gentiles sino que únicamente socializaban con sus hermanos de habla ladina.  Continuaron rezando con la misma tonada que en España, cantando las mismas melodías y romances, comiendo los mismos platillos   de otrora entre los que se incluían los “huevos jaminados” y las “burrequitas”.

En diversos confines del mundo judío conocí personalmente familias judías que conservan hasta el día de hoy las llaves de las casas que dejaron en España pues a lo largo de las generaciones soñaban con volver.

Asimismo, se preservaron los apellidos de los judíos sefaradíes y testimonian la cadena ininterrumpida de las raíces judías sefaradíes; entre ellos Saporta, Nahmias, Shaltiel, Cohen, Halegua, Pardo, Shabtai y Moljo.

El profundo dilema que embarga a los judíos que viven actualmente en España lo escuché de uno de los ancianos de la comunidad: “la inquisición todavía no nos ha abandonado, pensamos en ella, vivimos bajo su sombra, recordamos a sus víctimas, pero rezamos por una vida mejor y un futuro promisorio para este país”. Creo que el complejo sentir de un judío que vive en un país que conjuga simultáneamente una cultura esplendorosa y la destrucción es dable de comprender desde las letras del poema que escrito por Rafael Cansinos, un autor descendiente de cripto judíos, con motivo de la inauguración de la sinagoga de Madrid. Este poema expresa el distanciamiento de los judíos de España y el anhelo de retornar a esta.

Además, el rey de España al visitar la sinagoga conmemorando los quinientos años de la expulsión dijo “¡Cuánto os hemos echado de menos!”.

Y yo agrego, ¿acaso esto es así?

Actualmente, una generación más tarde el gobierno español declaró su intención de conceder la ciudadanía a todo judío que pueda probar que es descendiente de los expulsados. Sin entrometerme en el criterio de la decisión y los móviles que motivaron esta decisión histórica, se trate de sentimiento de culpa, gesto simbólico o una necesidad demográfica y económica, me cuesta entender el entusiasmo que embarga a tantos judíos al saber de la posibilidad de aplicar para recibir la ciudadanía de un país en el que se vertió tanta sangre judía en el pasado y que en el presente es tan antisemita y tan antiisraelí.

El pueblo judío es conocido por su capacidad de supervivencia, por el “genio judío” o “ídishe kop”, ¿cómo entonces se les ocurre a los judíos volver a la España de la que fueron cruelmente expulsados en el pasado y a la que tantos abandonan en el presente?

De todas maneras, es de destacar que hasta el momento ni los legisladores hispanos ni los judíos en España u otros sitios saben cuáles son los requisitos para acceder a la ciudadanía española. ¿Es necesario descender de españoles por ambos padres o alcanza con uno solo? Un descendiente por parte de padre que no es judío de acuerdo con la halajá, ¿puede aplicar o solamente puede hacerlo la familia biológica de una madre judía que fue ejecutada por la inquisición? ¿Es necesario que el aplicante abrace la fe judía y crea en el Dios de Abraham Itzjak y Yaakov, o acaso si es descendiente de sefaradíes, aunque hoy sea cristiano es suficiente?

Algunos dicen que únicamente los rabinos son quienes deben decidir quién es sefaradí tal como establecen quién es judío. Esto tampoco está claro en cuanto al criterio a ser aplicado. ¿Cómo habrán de determinarlo? ¿En virtud del apellido solamente? ¿Sobre la base de documentos que se encuentran únicamente en los sótanos de la inquisición o mediante árboles genealógicos prácticamente irrecreables? Se trata de una misión compleja, difícil y no siempre real.

Creo que debemos aplicar nuestro antiguo principio según el cual “si te dicen que hay Torá entre las naciones no lo creas, si te dicen que hay sabiduría entre estas créelo” Sería inteligente y procedente si el pueblo de Israel prestase atención a la idea subyacente en el decreto del gobierno español y lo aplicase para sí. Hay descendientes de judíos españoles y de cripto judíos dispersos por el mundo entero. En España, Portugal, Grecia, el Sur de Italia, México, Brasil, Colombia, El Salvador, Texas, Nuevo México y la Florida.  En estos sitios viven muchas personas que se ven a sí mismos como hijos del pueblo judío y piden retornar a su fe original. Quizás sea importante y corresponda que un pueblo sabio y entendedor confíe en la sabiduría de la nación española y adopte este principio.

Por Rabino Eliahu Birnbaum

La conversión al judaísmo de exnazis o sus descendientes

En los últimos años somos testigos de un fenómeno muy interesante de acercamiento al judaísmo y conversión de descendientes de segunda y tercera generación de nazis. No se trata de cientos ni de miles de personas pero en efecto se trata de números que dan lugar a hablar de un “fenómeno” llamativo que nos invita a preguntarnos por las causas que lo motivan.

Por supuesto que no es mi intención hacer una apología de los verdugos del pueblo judío sino simplemente describir una nueva tendencia que a primera vista resulta difícil de ser comprendida.

Las personas informadas sabrán contarles que en las calles de Jerusalém habita y transita un judío ortodoxo converso descendiente biológico de Adolf Hitler…

A los efectos de poder hacer tangible el fenómeno de pedido de perdón por parte de polacos y alemanes al pueblo judío en virtud de las atrocidades del holocausto les quisiera relatar la siguiente anécdota. Hace unos tres años pasé Shabat en la ciudad polaca de Cracovia, la cual fue en su momento un gran centro judío mas actualmente es difícil de encontrar en ella judíos vestidos con atuendos tradicionales. Durante el Shabat comí y recé con el rabino Tzví Gluck el cual funge actualmente como rabino regional de toda Galizia. El rabino Gluck es una persona ya mayor y viste un atuendo jasídico tradicional: cubre su cuerpo con un largo saco negro y su cabeza con un “shtreimel”. El sábado en la noche salimos a caminar por las calles de Cracovia junto a un grupo de jóvenes de la comunidad. De repente, un joven polaco que se encontraba en avanzado estado etílico se arrojó sobre el rabino Gluk y lo abrazó. Intuitivamente pensamos que el joven polaco quería atacar al anciano rabino por cuanto que estaba vestido con el atuendo típico que caracterizaba a los judíos en esta ciudad antes de la segunda guerra mundial. Para nuestra sorpresa el joven comenzó a llorar y a vociferar ¡perdónennos!; ¡perdónennos!; ¡perdón por lo que les hicimos durante el holocausto!

Este sentimiento de culpa por parte de descendientes de los verdugos se torna más delicado y complejo cuando estos expresan el deseo de acercarse al judaísmo y convertirse. Nos resulta difícil de creer que descendientes de nazis proclamen “tu pueblo es mi pueblo y tu Dios es mi Dios” y de esa manera se incorporen al pueblo que sus antepasados persiguieron, empero, se trata de una realidad que se repite una y otra vez en los últimos años.

Este fenómeno, el de personas que quieren ser parte del pueblo judío habiéndole provocado dolor y sufrimiento en el pasado requiere de una explicación, pues no hay antagonismo mayor que el existente entre los valores nazis de asesinato, violencia y desprecio por la vida humana y el enfoque judío de generosidad y misericordia para con el prójimo. Aun así, hay quienes deciden pasarse de bando y convertirse al judaísmo y unirse así a nuestro pueblo.

Parte de los interesados en convertirse son parientes de nazis y otros son descendientes de alemanes que aunque a veces no sirvieron directamente en el ejército alemán estuvieron activamente involucrados en la guerra; sostenían posturas antisemitas y pregonaban el narrativo alemán según el cual nadie sabía lo que estaba realmente ocurriendo en los campos de concentración… que allí no había judíos… que si los había no se los asesinó… de todas maneras nada sabíamos… etc. Este tipo de argumentos justamente llevó a muchos alemanes a querer pasarse de bando.

Hace unos dos años conocí en la ciudad alemana de Munich a un hijo de un oficial nazi que activó en las SS. Esta persona sabía y no sabía qué había hecho su padre durante la guerra ya que una de las reglas de su familia era que no se le preguntaba a papá qué hizo en el ejército ni se hablaba de la guerra. Si bien un muro de silencio se interponía entre las generaciones los hijos finalmente supieron lo que tenían que saber. Esta persona se contactó conmigo vía e-mail y cuando se enteró que viajaba a esa ciudad para asistir a un congreso rabínico quiso encontrarme personalmente en un sitio discreto. Acordamos encontrarnos en un café de  la ciudad. En una pequeña mesa me esperaba un cincuentón de aspecto germánico, alto, rubio, de nariz respingada. No le resultó difícil reconocerme en virtud de mi aspecto judío y la kipá que cubría mi cabeza. Estrechó mi mano en son de saludo y me dijo “Shalom”. Vi en su mirada una mezcla de vergüenza y miedo. Dijo: “mi padre es mi padre biológico pero no mi padre ideológico, estoy muy avergonzado por lo que él hizo y sus acciones no me dan sosiego incluso después de su fallecimiento. Creo que no podré tranquilizarme hasta que no me haya convertido al judaísmo con todo mi ser, y de esa manera habré reparado la injusticia que mi padre perpetró. ¿Usted puede ayudarme?” Debo reconocer que si bien me he encontrado por el mundo con personas interesantes o extrañas y si bien hace años que soy juez en el tribunal de conversión, su pedido me conmocionó profundamente.

Mi interlocutor percibió mi gran sorpresa y me preguntó: “¿Usted qué opina, qué influye más en la persona, los genes alemanes y nazis que fluyen por mi sangre por ser hijo de mi padre o el alma judía que en mí anida y pide convertirse al judaísmo?”

La explicación común al deseo de descendientes de nazis de convertirse al judaísmo gira en torno al deseo de expiar las atrocidades de sus padres, neutralizar el cargo de culpa que los aflige y preservar la conciencia limpia. Se trataría de un móvil de conversión egoísta. Lo que a mi me resulta interesante de este fenómeno es que estas personas piden convertirse debido al holocausto y a pesar de este. De no haber mediado el holocausto ellos no habrían deseado convertirse al judaísmo. El holocausto se transforma así en el móvil de la conversión, y a pesar de ello se trata de un fenómeno que no alcanza a ser masivo. Según el profesor Dan Bar On, experto de la Universidad de Ben Gurión en sicología de los descendientes de criminales de guerra nazis, “el móvil de estos conversos es sumarse a la comunidad de las víctimas. Al hacerlo se quitan de encima el peso de pertenecer a la comunidad de los victimarios”. El interés por convertirse refleja el deseo de salir de la impureza del bando nazi e incorporarse a la pureza del bando judío, o en otras palabras, huir del pasado en pos de un futuro mejor.

Existe una larga lista de móviles que llevan a las personas a querer convertirse, desde fe en el Creador y deseo de cumplir sus preceptos hasta la necesidad de ser enterrado, llegado el día, junto a un cónyuge judío. Otros quieren convertirse tras haber descubierto la sabiduría judía o por haber encontrado raíces familiares judías. En este caso se trata de personas que no solamente quieren incorporar el judaísmo como acto individual sino además como forma de reparar los crímenes perpetrados por sus antepasados. ¿Acaso una conversión de este tipo es posible? Amén de las consideraciones de tipo sicológica que suscita la conversión de un nazi o descendiente del mismo, ¿la halajá lo permite? Si bien el Talmud dice que “los hijos y nietos del malvado Hamán estudiaron Torá en Bnei Brak” (Guitín 57(B)), ¿cómo es esto posible?

El rabino Moshé Halevi Shtainberg, Rabino de la comunidad de Premishlán en Galizia y presidente del tribunal rabínico de Kiriat Yam, fue consultado respecto de esta cuestión. La pregunta fue la siguiente: “¿Se puede recibir al judaísmo en carácter de converso a un ex miembro arrepentido del partido nazi de quien se supone participó en atrocidades contra nuestro pueblo?

Respuesta: Si analizamos la cuestión desde una óptica meramente humana y del honor nacional es claro que nuestra conciencia no nos permite aceptarlo en nuestras filas. Un apersona como esta, cuyas manos están manchadas de sangre judía no tiene lugar con nosotros, se lo debe alejar de nuestro campamento tal como se alejaba al impuro y ¿cómo habríamos de decirle “eres nuestro hermano”? Sin embargo, desde el punto de vista estrictamente halájico no veo impedimento alguno… pues el Creador no rechaza a creatura alguna y a todas las acepta, los portones del arrepentimiento se abren todas las horas y quien pide ingresar es aceptado. Vea en la responsa “Besamim Rosh” que se le atribuye a Rabenu Asher quien escribió en el inciso 177 que se aceptan conversos de todas las naciones incluido de Amalek. Vea en el Talmud en Guitín 57 y en Sanhedrín 96 que del malvado Nerón salió Rabí Meir y el archi-asesino Nabuzaradán luego de haber degollado a miles de judíos se arrepintió y se convirtió al judaísmo y los sabios no se abstuvieron de calificarlo como “converso justo”. Por lo tanto, si el tribunal entiende que esta persona se arrepintió por completo de sus inacciones y se esfuerza por ingresar bajo las alas de la Divina Presencia, no lo hace por un beneficio personal la halajá no tiene reparos en aceptarlo como miembro del pueblo judío” (Jukat Haguer p. 103-104).

El rabino Shtainberg hace una interesante diferenciación entre el sentimiento natural humano y el espíritu de la halajá por lo que deriva el peso de la responsabilidad de la decisión a los hombros del tribunal rabínico de conversión. No cabe duda que se requiere de un temple y un valor muy especiales tanto por parte de quien solicita la conversión como de quien la autoriza.

El recientemente fallecido rabino Shmuel Halevi Wozner, en su libro “Shevet Haleví” analiza el caso de la conversión al judaísmo de alemanes y escribe: “Respecto de su pregunta sobre la tradición que se le adjudica al Gaón de Vilna en cuanto a que le pueblo alemán es descendiente de Amalek, si bien por sus malas acciones se les asemejan, aseverarlo es muy difícil. Pues respecto del converso amonita nuestros sabios ya dijeron que el rey asirio Senaquerib mezcló a todas las naciones… por lo que hablar de un converso amalecita… por lo tanto no veo impedimento alguno de aceptar a un alemán como converso y que acceda a acogerse bajo las alas de la Divina Presencia…” (Responsa Shevet Haleví, V, Ioré Deá 149).

Creo que respecto de este tema podemos aprender una interesante lección del personaje bíblico de la hija del Faraón, una mujer generosa hija de un déspota. Su padre esclavizó a los judíos y ordenó arrojar al agua a sus bebés varones, ella desobedeció el mandato paterno, salvó a Moshé y tuvo un rol decisivo en la conformación de la nación israelita y su salida de Egipto. El Faraón era un malvado pero su hija era una mujer justa, tuvo el mérito de acceder al mundo venidero y el Creador la llamó “Batiá” (“hija de Dios”). Esto nos enseña que ni la violencia ni la tiranía pueden destruir el espíritu humano o el mundo. Si bien la hija del Faraón se educó en un hogar de oscuridad, ella hizo un cambio en su vida y se transformó en una justa entre las naciones.

Por Rabino Eliahu Birnbaum

Reflexiones sobre el futuro del pueblo judío

En estos días intermedios entre el Día de Recordación del Holocausto (“Yom HaShoá”) y el Día de la Independencia (“Yom Haatzmaut”), días en los que la sociedad israelí está dedicada a meditar respecto de su futuro yo también deseo expresar unos pensamientos sobre este tema. La existencia del pueblo judío da lugar a un sinnúmero de reflexiones, pero creo que la interrogante más clara, central e importante es la siguiente: ¿tiene futuro el judaísmo de la diáspora? ¿Está asegurado el futuro del pueblo judío? ¿Cómo asegurar y preservar el futuro judío? No soy profeta ni porto palabras de profecía en mi boca, empero, en virtud de mis diferentes viajes por el mundo judío trataré de exponerles algunas de mis impresiones.

Si bien desde un punto de vista religioso y teológico se nos aseguró que el pueblo de Israel no está abandonado a su suerte (“Porque Israel no está enviudado ni Judá de su Dios” Jeremías 51:5) y ningún judío será echado a un lado (“Dios trata de no apartar de él al pecador” Samuel II 14:14), también es cierto que otras promesas Divinas aún no se han materializado completamente. La promesa Divina respecto de que el pueblo de Israel será numeroso como las estrellas del cielo y como la arena a orillas del mar aún no se ha concretado en su sentido literal. El número de judíos en la actualidad asciende solamente a unos catorce millones, menos de un uno por ciento de la sociedad china que cuenta con mil cuatrocientos millones de personas. Es por ello que yo prefiero actuar asumiendo que el futuro judío no está asegurado, de esa forma me embargan un sentido de responsabilidad y un ferviente deseo de actuar, y quizás, por qué no, una sensación de sociedad con Dios en la labor de salvaguardar la existencia judía.

El pueblo judío es eterno y maravilloso, posee una larga historia y mira hacia el futuro  a la espera de la redención. Sin embargo, esta nación ha pasado por innumerables cambios y ha operado numerosos procesos a lo largo de su derrotero. La existencia judía oscila entre peligros y oportunidades, desafíos y dificultades, tal como señalara el Rav Kuk al comparar la historia judía con el movimiento de un péndulo de relojería, a veces se encuentra arriba y otras abajo. El pueblo judío es una especie de “péndulo histórico” en permanente lucha por sobrevivir ante los desafíos, tanto los internos como los externos.

El siglo XXI presenta una imagen exitosa del pueblo judío. Su florecimiento se manifiesta en el marco de una independencia nacional fruto de la existencia de un estado judío tras el vuelco histórico que operamos cuando pasamos del horror del holocausto a la euforia del resurgimiento amén de la reunión de las diásporas de la que somos testigos. Asimismo, somos testigos de la buena situación política, económica y social de los judíos en la diáspora, de su contribución en las diferentes áreas de la ciencia, la tecnología, la medicina, la economía y la cultura. Vemos la enorme cantidad de premios Nobel recibidos por judíos del mundo entero. Sin embargo, conjuntamente con este florecimiento, el pueblo judío enfrenta grandes problemas, al punto de que tenemos la sensación de que nos encontramos en una guerra por la supervivencia del colectivo judío en general y de cada uno de sus miembros en particular.

Para asegurar su futuro el pueblo judío se debe pasar de poner el énfasis en la supervivencia a enfocarlo en la continuidad. La supervivencia está definida por el diccionario como “mantenerse con vida en situaciones extremas”. Algunas de las comunidades judías están aún ancladas en tiempos de supervivencia cuando en realidad deben pasar a la etapa de la continuidad. Es indispensable que nos planteemos desafíos de continuidad y no solamente desafíos de supervivencia.

La vida judía en la diáspora está influida por procesos tanto exógenos como endógenos tales como los movimientos geopolíticos, la globalización, la migración judía, la inmigración a la tierra de Israel, la demografía menguante, la asimilación, los matrimonios mixtos, el debilitamiento de la identidad judía y de la educación judía en la diáspora, el alto costo de la vida comunitaria judía, la diversidad de identidades y de opiniones respecto de la interrogante “¿quién es judío?”, divisiones internas, no afiliación comunitaria de la mayoría de los judíos del mundo, procesos de urbanización, el fortalecimiento del Islam, el antisemitismo, el postmodernismo, la interacción entre la diáspora e Israel etc.

A todos estos se le suman dos procesos inversos que tienen lugar actualmente en el pueblo judío y son por un lado un movimiento de acercamiento y simultáneamente otro de alejamiento. Por una parte vemos asimilación y pérdida de identidad judía y por  otro notamos un retorno a la tradición y a la práctica religiosa. Un proceso debilita al pueblo judío y el otro lo fortalece. Ambos dos tienen lugar en los mismos países, en las mismas ciudades y en las mismas familias, un hijo se aleja del judaísmo al tiempo que otro se acerca.

En mi opinión el problema central del pueblo judío no son los matrimonios mixtos  sino la pérdida de identidad judía y la asimilación. Los matrimonios mixtos son un problema, pero este es causado por la asimilación. En la actualidad la identidad judía no es simple, natural y congénita sino electiva. Cada persona puede elegir ser o no judía y puede también escoger qué tipo de identidad judía detentar. Hasta el siglo XVIII la religión era el elemento central de la identidad judía, empero, a partir del período iluminista la religión perdió esa centralidad protagónica. Una de las diferencias más notables entre el mundo clásico y el moderno en el ámbito de la identidad es que en el pasado la familia y el sitio de residencia determinaban profundamente la identidad de la persona. En la actualidad, en este mundo moderno y postmoderno el ser humano en general y el judío en particular están expuestos a diferentes alternativas en la elección de su identidad. El judío contemporáneo se enfrenta al desafío de la elección de su identidad, debiendo confirmarla, adoptarla y vivir conforme a esta por propia voluntad y por propia elección.

Generalmente acostumbramos a explicarles a los jóvenes judíos de la diáspora que deben preservar su identidad y el futuro del pueblo de Israel para preservar así encendido el tizón de la continuidad histórica. Les decimos que deben mirar hacia el pasado judío con orgullo y procurar continuar con su existencia y perpetuar la travesía eterna de nuestra nación. Yo pregunto: ¿acaso deberíamos hacerlo? ¿Es esta la respuesta para un joven judío que se está asimilando? ¿Es esta una respuesta razonable para un joven que está alejado de su judaísmo? ¿Es esta la respuesta adecuada para un muchacho que jamás estudió historia judía o para la mayoría de los judíos no afiliados que son la mayoría del pueblo judío en la actualidad? ¿Acaso un conocimiento histórico de índole informativo alcanza para dar forma a una identidad judía?

Esta pregunta se conecta también con las famosas palabras del Rav Soloveichik a la luz de las cuales crecimos y fuimos educados: el rabino Soloveichik explica el milagro de la existencia judía a lo largo de la historia y también en el futuro por medio de los conceptos de “pacto de destino” y “pacto de misión”. Esto es, ¿hablamos de una existencia judía forzosa e inevitable como designio del destino o libre y electiva? ¿Acaso el judío que se asimila se siente vinculado al pueblo judío en virtud de su sufrimiento? ¿El vínculo se establece en virtud del pasado y una conexión histórica? ¿O quizás sea necesario acentuar la idea de misión por sobre la de destino?

Muchas comunidades construyen museos para documentar y preservar el pasado. Si bien acostumbramos a citar a Napoleón quien decía que “un pueblo que recuerda su largo pasado tendrá un gran futuro”, últimamente he comenzado a pensar que el pasado pone en peligro al futuro judío. Les temo a las comunidades que tienen museos. En esas comunidades la conciencia está enfocada en el pasado, no en el presente ni en el futuro. En muchas ocasiones esas comunidades están congeladas en el tiempo y no se renuevan. Una comunidad con museo viven en el pasado cuando en realidad debería invertir sus pensamientos en el futuro. Los individuos no pueden vivir en el pasado y tampoco el colectivo judío puede simplemente recordarlo o evocarlo aunque este haya sido maravilloso. Creo que debemos concebir una vida judía de la diáspora enfocada y enmarcada en el  futuro del pueblo de Israel y no únicamente basado en su pasado. Debemos pensar principalmente en su presente y en su porvenir. La premisa debe ser que “un pueblo que piensa en su futuro tiene futuro”… no alcanza con tener un pasado para acceder a un futuro.

El pasado y la historia son importantes cuando por su intermedio se transforman hechos anteriores en recuerdo activo, conocimiento histórico que es dable encontrar en las páginas de los libros en una memoria personal, en un sentimiento que late fuertemente en la identidad judía de nuestros jóvenes. La historia es un factor pasivo y solo al lograr transformarse en recuerdo pasa a ser un factor activo. El individuo conforma su identidad en relación a su pasado y a su presente. Por ello, debemos profundizar el diálogo permanente entre ambos tiempos como fundamentos que plasman la identidad, empero, creo que siempre debe comenzarse con el futuro para desde este retornar sobre el pasado, no al revés.

A los efectos de pensar en el porvenir sobre la base de conceptos renovados y no del pasado creo que es necesario retornar sobre la vieja básica y simple pregunta: ¿por qué ser un judío hoy?, o ¿por qué soy judío? Creo que en la actualidad todo judío debe formularse más y más esta simple interrogante: ¿Por qué soy judío? ¿Por qué ser judío en Australia? ¿Por qué ser judío en Guatemala? ¿Por qué ser judío en Polonia tras el holocausto? ¿Por qué ser judío en Francia  o en Norteamérica? Las respuestas pueden y deben variar según el sitio, pero fundamentalmente deben inspirar al futuro judío tanto individual como colectivamente.

Existen muchas respuestas a la interrogante “por qué ser judío”. Respuestas religiosas, nacionales, existenciales, universales, de pertenencia, de significado, familiares, comunitarias etc. Pero es crucial que entendamos que no existe una respuesta que se adecue a todo judío. La respuesta a esta interrogante no puede ser la misma para un anciano que para un joven, para un creyente y para un no creyente, para una persona que tienen una larga tradición familiar judía y para quien acaba de descubrir su judaísmo. Cada persona debe construir y forjar sus propias respuestas a las interrogantes judías contemporáneas. Es necesario renovar la reflexión, renovar el diálogo judío y comunitario al respecto, es menester encontrar respuestas diferentes que logren preservar al mayor número posible de judíos dentro del campamento con miras al futuro y no solo como estudio histórico.

Debemos dar al judío religioso y al judío tradicional la respuesta que busca y al judío asimilado el significado que procura. Debemos hablar como Moshé Rabenu: “al cielo y a la tierra”, a cada judío individualmente y en un sinnúmero de idiomas. Tal como solía decir el Rebe de Kotzk: “hay maestros jasídicos que buscan hablar de un modo tal que sus palabras puedan llegar hasta el cielo, yo quiero hablar de un modo tal que mis palabras puedan llegar hasta las tripas, hasta el ombligo…”

Por Rabino Eliahu Birnbaum

Ir en bicicleta a la sinagoga en Shabat

No creo estar innovando nada si afirmo que la vida moderna influye en el diario vivir judío. Muchas cuestiones en nuestra vida religiosa dependen de los acontecimientos del mundo que nos rodea y uno de los ejemplos interesantes de este fenómeno es la pregunta de si montar o no en bicicleta en Shabat y días festivos.

Procesos de urbanización y desarrollo, el pasaje del campo a la ciudad y de barrios antiguos a modernos generan una dificultad real a los efectos de llegar a la sinagoga en Shabat y llevar a cabo los servicios. La distancia entre los sitios donde habitan los judíos y el emplazamiento de las sinagogas, sumado a la necesidad de mantener las comunidades unidas y activas, han llevado a los diferentes juristas a partir del siglo XIX a investigar respecto de las posibilidades de trasladarse en transporte público del hogar a los centros comunitarios tanto en Shabat como en días festivos, en un mundo judío que por una parte se modernizado y al mismo tiempo se ha emancipado.

Los juristas no se refieren a la posibilidad de trasladarse a la sinagoga en automóvil sino a la posibilidad de emplear transporte público o bicicleta. ¿Se puede acaso ir a la sinagoga en tren subterráneo en Shabat en la ciudad de Moscú? ¿Se puede asistir tanto al rezo como a la comida sabática en la sinagoga de Calcuta o Bombay montando en Rick Shaw? ¿Acaso se permite a personas enfermas o con capacidades diferentes ir a la sinagoga en un automóvil manejado por un no judío a los efectos de que no se queden solos en la casa en Shabat? ¿Puede una comunidad judía organizar un “ómnibus de Shabat” manejado por un gentil que recoja judíos de sus casas y los lleve a la sinagoga para de esa forma poder tener servicio religioso? ¿En las comunidades europeas se permite usar el tranvía o metro como medio de transporte para llegar a la sinagoga en Shabat? Y en este orden de cosas, ¿se puede ir a rezar a la sinagoga  en bicicleta en Shabat?

Durante largas centurias, antes de  pasar por procesos de emancipación e inserción social, los judíos solían concentrarse en guetos y vivían alrededor de la comunidad o sinagoga. Los barrios judíos eran normalmente construidos alrededor de la sinagoga a los efectos de facilitar la asistencia a la misma en los días sábado, por lo que los judíos vivían cerca tanto de la sinagoga como también en vecindad mutua. Empero, en tiempos modernos en los cuales los judíos salieron del gueto tanto físico como espiritual y en muchos casos ya no ven a la sinagoga como una institución central en sus vidas, al ir escogiendo dónde vivir muchos se fueron alejando físicamente del centro comunitario. Así comenzó el proceso de desmembramiento de la comunidad judía clásica. En términos generales, los diferentes juristas (el Rav Woldinberg, el Rav Ovadiá HaDaia, el Rav Noibirt y el Rav Ovadiá Iosef) coinciden en prohibir el uso de bicicleta en Shabat sobre la base de diferentes argumentos. Estos motivos se dividen en tres grupos: algunos juristas temen que la persona pueda por descuido salir del área de pernocte sabática (“tjum Shabat”) o pase de dominio público a privado y viceversa quebrando así la prohibición de transportar; otros juristas temen que se repare un utensilio o herramienta (“tikún klí”) ya que si sucede una avería a la rueda o se sale la cadena al pedalear la reparación implica la trasgresión de una prohibición de la Torá; sin emabargo, la mayoría de los juristas considera que  andar en bicicleta es una actividad propia de los días hábiles (“ovadín dejol”) por efecto de la cual el Shabat termina viéndose como un día cualquiera, quebrándose así la máxima talmúdica (Shabat 113(A)) “que tu conducta en Shabat no se asemeje a la de los días hábiles”. Las acciones propias de los días hábiles afectan el Shabat por cuanto que le quitan al séptimo día su carácter especial y trascendente.

En virtud de estas explicaciones vemos que el problema no radica en la propia acción de andar en bicicleta sino en las consecuencias que de esto se derivan, tanto sea en el caso de un desperfecto que cause una reparación para poder seguir andando, si se sale del área de pernocte sabático, si se pase de dominio a dominio o si se le hace perder al día su carácter especial o sagrado.

Es importante puntualizar que si bien se prohíbe tanto el uso del automóvil como el de la bicicleta, el grado de gravedad de la prohibición del primero es muy superior al de la segunda por lo que en caso de gran necesidad, a los efectos de saber si pedalear o no, es menester asesorarse con un erudito.

Asimismo, cabe señalar que la bicicleta que los juristas prohíben en Shabat no incluye los triciclos que carecen de cadena y sus ruedas son rellenas por lo que no se averían, ni tampoco las patinetas o skate boards (Shmirat Shabat Kehiljatá 15:18).

El primer jurista que permitió el uso de bicicleta fue el Rav Iosef Jaím (Ben Ish Jai, 1835-1909). Este autorizó a los judíos de Bombay el uso de bicicleta en áreas que cuentan con Eruv y, en caso de necesidad, autorizó también usarla fuera de este tipo de áreas a los efectos de cumplir con un precepto. Esta opinión no fue aceptada por la mayoría de los juristas, pero de todas maneras es expresión de un intento de afrontar la realidad cambiante de una comunidad que necesitó de esta autorización a los efectos de poder mantener su vida judía en Shabat. Sabemos que los judíos de Bagdad se basaron en esta autorización y aparentemente las comunidades sirias se apoyan en esta decisión hasta el día de hoy. El argumento del Ben Ish Jai al autorizar el uso de bicicleta es que no se deben decretar prohibiciones por propia decisión y por lo tanto no se puede prohibir el uso del biciclo en virtud de posibles trasgresiones a prohibiciones que pudiesen presentarse posteriormente.

Hace más de cien años el Ben Ish Jai fue consultado respecto del uso de bicicleta en Shabat y días festivos en la comunidad judía de Bombay: “Respecto del vehículo al que se le llama “bicicleta” que es montado en Shabat, tiene dos ruedas que no son impulsadas ni por personas ni por bestias sino que el mismo pasajero es quien las activa empujando con sus piernas”

Su respuesta fue: “Considero que se debe permitir andar en este vehículo que es activado por quien lo monta tanto en Shabat como en días festivos dentro de una ciudad que posee Eruv, y esto no implica un menosprecio del Shabat por realizar labores propias de días hábiles (“ovadín dejol”) y además esto se realiza dentro de una ciudad que posee Eruv por lo que toda ella es considerada dominio privado, y definitivamente corresponde respaldarse en quienes lo permiten, por lo que se debe permitir a los efectos de pasear y mucho más aún si se trata de cumplir con un precepto. Has de saber, que no debemos prohibir el uso de la bicicleta a los efectos de evitar un ulterior uso de vehículos tirados por animales o personas, ya que es imposible confundirse por tratarse de vehículos notoriamente diferentes. Además, no debemos decretar prohibiciones nuevas por propia decisión, y en esta generación es suficiente que las personas cumplan con los preceptos restrictivos ya decretados por los sabios. Empero, en el caso de una ciudad que carece de Eruv y por lo tanto se trata de un dominio público de origen rabínico, esto no se debe autorizar a menos que se trate de un servidor público sea porque se dirige a enseñar, o porque se dirige a regentear o fiscalizar una acción necesaria para la comunidad o si se trata de un emisario de la comunidad o si va a cumplir con un precepto como por ejemplo escuchar kadish o kedushá y la sinagoga le queda lejos, y se trata de una persona débil por hallarse enferma o ser anciana y no puede ir a  pie, en estos casos también se los debe autorizar como si se tratase de personas que van a servir a la comunidad” (Responsa Rav Pealim 1 Oraj Jaím 25).En la responsa escrita por Rabí Shimón Grinfeld (“Maharshag”, 1860-1930), uno de los grande juristas de Hungría de su tiempo leemos: “No me queda claro cuál es la prohibición que se infringe ya que no entiendo cuál es la acción propia de día hábil (“ovada dejol”) que se realiza en este caso, y además, no debemos decretar nuevas prohibiciones por propia decisión” Esto nos muestra que la definición de acción propia de día hábil es de carácter subjetivo.

De más está decir que la opinión innovadora del Ben Ish Jai generó debates entre los eruditos. El Rabino Ovadiá Hadaia sostiene que el Ben Ish Jai se retractó una vez que conoció más de cerca el tenor de la bicicleta (Iaskil Avdí III Oraj Jaím 12). El Rabino Ovadiá Iosef discrepa con el Rabino Hadaia ya que el fundamento del permiso del Ben Ish Jai es que no se deben decretar nuevas prohibiciones por decisión propia y esto no se ha modificado. Además, la respuesta del Ben Ish Jai deja traslucir claramente que vio bicicletas en Bagdad y además explica cómo funcionan.

En virtud de que los judíos se han esparcido a lo largo y ancho de barrios lejanos, cada vez son más los judíos que no viven a una distancia caminable de la sinagoga comunitaria. Para estos, el uso de la bicicleta puede ser una solución que les permita vincularse en Shabat con la sinagoga, la comunidad  y su propio judaísmo. La pregunta que aquí se formula no se refiere únicamente a la bicicleta en sí sino a cómo posibilitar que más judíos puedan asistir a la sinagoga y la comunidad en Shabat. El Shabat pasado lo pasé en Miami con una familia amiga en la que la esposa es religiosa y el marido es tradicionalista. La sinagoga más cercana se encuentra a media hora a pie, por lo que la familia cuida el Shabat en el hogar mas el marido no va a la sinagoga y por ende tampoco sus hijos lo hacen. El marido me dijo que no puede caminar tanto con el calor y la humedad de Miami pero que si pudiese ir en bicicleta asistiría a la sinagoga cada Shabat. Creo que se debe estudiar cada caso por separado, empero considero que en algunas oportunidades el uso de la bicicleta pasa de ser una acción típica de día hábil (“ovadín dejol”) a ser una acción sagrada (“ovadín dekodesh”), y quizás esta fue la intención de la sentencia del Ben Ish Jai.

Por Rabino Eliahu Birnbaum

La incineración de cadáveres

Les quiero compartir una anécdota de los días en que ejercía como Rabino Principal de la comunidad judía de Uruguay. Un día se acercó a mí una señora sexagenaria y sola cuyos padres murieron en el holocausto y fueron incinerados en los crematorios de Auschwitz, desde donde ascendieron al cielo y fueron convertidos en cenizas. La señora en cuestión vino con una petición: “así como mis padres fueron cremados yo pido que cuando muera mi cadáver sea incinerado y al igual que ellos reducido a cenizas y que estas sean esparcidas por el cementerio judío”. Si bien el dolor de mi interlocutora y su necesidad me eran comprensibles, sus palabras me sorprendieron por su vehemencia.

Disculpe señora – le respondí – pero creo que si usted quiere cremar su cuerpo cuando llegue a los ciento veinte se equivocó de dirección pues como usted sabe la costumbre judía es muy clara en cuanto a que no se incineran cadáveres, ¿por qué entonces se dirige con semejante pedido al rabino comunitario? La mujer respondió con un tono de perplejidad: “quiero que mi cadáver sea incinerado y las cenizas esparcidas por el cementerio judío y no que se depositen en una urna en el cementerio gentil, además, quería pedirle que tras mi fallecimiento alguien de la comunidad diga por mí kadish”.

Traté de convencerla, empleando diferentes recursos retóricos, le dije que llegado el momento sea enterrada en el cementerio judío de acuerdo a la tradición, agregué que si fuera posible consultar a sus padres estos no estarían de acuerdo con la cremación, a lo que me respondió que ella los conoció y ellos asentirían. Esgrimí un argumento teológico diciéndole que el Kadosh Baruj Hú seguramente no estaría de acuerdo con la incineración de su cadáver a lo que me respondió que el Eterno escogió ese procedimiento para sus padres por lo que sin duda se trata de una acción noble. Le expliqué que si se enterraba en el cementerio dejaría tras de sí una lápida que podría ser visitada por sus parientes, a lo que me respondió que no tiene familia y está completamente sola en el mundo. Se me ocurrió decirle que Adolf Eichman, tras ser ejecutado en la horca, su cuerpo fue cremado y sus cenizas esparcidas en el mar frente a las costas de Yafo, ¿acaso querría ella emular en su fallecimiento al del asesino de sus padres?

Finalmente, a los efectos de convencerla tuve que aplicar el sexto sentido que poseemos los rabinos y le dije: “¿entiendo que para usted es importante que esparzamos sus cenizas en el cementerio judío y alguien diga por usted kadish, no es cierto? –Por supuesto, exclamó. ¡Soy judía! Sería inconcebible que mis cenizas descansen en un cementerio gentil y que no se diga por mi kadish. Estimada señora, le respondí, de acuerdo a la tradición comunitaria y las leyes de la Torá no nos es permitido esparcir en un cementerio judío las cenizas de quien pidió ser cremado y tenemos prohibido recitar kadish para la elevación del alma de esta persona. Si es así, me dijo, quiero ser enterrada en una tumba como corresponde en el cementerio judío.

Este no es un caso único ni anómalo en el mundo comunitario judío. En virtud de que la práctica de la cremación se ha tornado más y más común en la sociedad moderna muchos judíos piden adoptarla para sí. Hace cuestión de una década el veinte por ciento de los estadounidenses fallecidos fueron cremados. Para el año 2005 su número ascendió al treinta y dos por ciento, y para el año 2025 la asociación norteamericana de cremación de cadáveres pronostica que más de la mitad de los fallecidos optarán por la cremación.

Actualmente, y a modo de reflejo de la práctica occidental, se estima que por lo menos un treinta por ciento de los judíos fallecidos en Europa y Norteamérica son cremados, y este guarismo se encuentra en franco ascenso. Recuerdo que en la comunidad de Turín, donde serví como rabino, era muy frecuente que personas pidan ser cremadas tras su fallecimiento. A estos efectos firmaban un acuerdo con la empresa que realizaba la incineración, y lamentablemente, a pesar de mis ingentes esfuerzos, tras el fallecimiento de la persona era imposible evitar la incineración y el acuerdo firmado era irreversible.

La incineración del cadáver se lleva a cabo en un horno especial (crematorio), el cual alcanza una temperatura de mil grados Celsius. Tras la cremación se colocan las cenizas en una urna, algunos se la llevan a su casa, otros la depositan en un cementerio y hay quienes esparcen las cenizas en el mar u otros sitios. Hay religiones tales como el hinduismo, el budismo y el cristianismo que ven en la cremación del cadáver una acción valiosa. Todo aquel que viajo a la India seguramente vio rituales de quema de cadáveres en piras a los costados de la carretera así como también el vertido de las cenizas resultantes en diferentes localidades a orillas del rio Ganges.

Diversas razones impulsan a un número creciente de occidentales a adoptar la cremación post mortem. Hay quienes lo hacen por razones económicas ya que la cremación es más barata que el entierro. Hay quien lo hace por razones ambientales ya que la cremación es rápida y limpia. En otros casos el criterio es de movilidad, ya que en la vida moderna la gente migra de ciudad en ciudad por cuestiones laborales y demás y la cremación permite transportar las cenizas cómodamente de localidad en localidad. Además, es innegable el hecho de que esta práctica, en judíos, es consecuencia del alejamiento del judaísmo y la asimilación. El entierro es percibido como la forma tradicional de trato de un cadáver por lo que a veces personas alejadas de la tradición prefieren incinerarlo. Por una razón u otra la cremación de cadáveres se ha tornado moda.

Hasta hoy, el recuerdo traumático de la cremación de cadáveres judíos durante el holocausto, evitó que muchos judíos opten por la incineración. Empero, en la medida que el tiempo pasa y estos recuerdos se tornan más lejanos el porcentaje de judíos que opta por la cremación aumenta gradualmente.

El precepto de dar sepultura

De acuerdo a la Torá es preceptivo dar sepultura tanto a los ejecutados por el tribunal como a toda persona, tal como está escrito (Deuteronomio 21:22-3): “Si un pecador pasible de ser condenado a muerte fuere ajusticiado y colgado de un árbol su cuerpo no permanecerá colgado toda la noche sino que será sepultado ese mismo día, porque el ahorcado es maldito de Dios y tú no impurificarás la tierra que el Eterno tu Dios te dio por heredad”. Otro tanto encontramos en lo dicho por nuestros sabios (Tratado de Sanhedrín 46(B)): “Dijo Rabí Iojanán en nombre de Rabí Shimón Bar Iojai: ¿dónde encontramos en la Torá referencia al precepto de dar sepultura? Lo aprendemos del pasaje “lo sepultarás”. Maimónides en su Libro de los Preceptos: el precepto 231 de la Torá es el que nos ordena enterrar a los ejecutados por el tribunal el mismo día de la ejecución, tal como está escrito: ´será sepultado ese mismo día´. El Sifrí dice que “se trata de un precepto positivo tanto para los ejecutados como para los demás muertos, esto es, que sean sepultados el mismo día en que fallecen”.

La prohibición de incinerar el cadáver

Es consenso general que no existe permiso alguno para incinerar el cadáver de un judío, ya que por una parte de hacerlo se estaría dejando sin efecto el cumplimiento del precepto positivo de darle sepultura y además los diferentes juristas a lo largo de las generaciones han expuesto un sinfín de razones suplementarias. Hay quienes lo prohíben por dejar sin efecto el precepto de enterrar el cadáver (Responsa Melamed Leho´il Ioré Deá II 114), otros opinan que implica un maltrato del cadáver (Guesher HaJaím I 16:9), hay quienes lo derivan de “no permanecerá colgado toda la noche” (Responsa Ajiezer III 72), otros lo infieren de la prohibición de la Torá de conducirse según la usanza gentil (Da´at Cohen Ioré Deá 197) y hay quienes consideran que la cremación atenta contra la fe en la resurrección de los muertos (Responsa Ajiezer a Ioré Deá 197).

En su Responsa “Sridei Esh”, en referencia a la gravedad de la prohibición de cremar el cadáver, el Rabino Wainberg escribe: “Desde un punto de vista estrictamente halájico sin duda que la profanación del Shabat es mucho más grave, pero desde el punto de vista de la fe personal, sin duda que en el acto de la cremación hay una negación de la resurrección de los muertos y la trascendencia del alma, pues nosotros vemos y sabemos que toda persona que conserva aunque solo sea una chispa de fe judía pide que su cuerpo sea enterrado, mientras que aquellos que perdieron todo tipo de sentimiento religioso y son puramente materialistas piden ser cremados (II inciso 98).

Si bien está ampliamente consensuado entre los juristas que está prohibido cremar el cadáver, de todas maneras subsisten algunas discusiones al respecto. Entre los juristas que permitieron la cremación se encuentran los rabinos italianos a mediados del siglo XIX. Es de destacar que la tecnología que permite la cremación a alta temperatura en un horno completamente cerrado es originaria de Italia. El primer experimento en cremación se realizó en la ciudad de Padua en 1869, y en horno cerrado en Milán en 1875. Italia fue decana y líder mundial en la tecnología de cremación de cadáveres.

Los judíos italianos se encontraban muy influenciados por la cultura local por lo que no es de sorprender que la aparición de esta tecnología generara un vivo debate entre sus rabinos, desde las hojas de diferentes publicaciones periódicas y libros.  Se escribieron varios libros sobre este tema siendo uno de los más famosos “Ieané Baesh” (“será afligido por el fuego”) de Rabí Eliá Ben Akmozag de Livorno.

Una de las ideas más extremas en cuanto a permitir la cremación de cadáveres pertenece al Rabino Moshé Ashkenazí, rabino de la comunidad de Trieste y fallecido en 1869, quien estableció  claramente que “en definitiva podemos resumir que no hay ninguna prohibición halájica de cremar el cadáver, más aun, según el judaísmo esto es algo positivo y se trata de un deber para todo judío.

El primer estudio de la cuestión la llevó a cabo Rabí Iosef Leví de Barcelli quien en 1874 sostiene que está permitido incinerar le cadáver por cuanto que el muerto no siente dolor y además en tiempos bíblicos esta era una práctica aceptada, tal como leemos en Jeremías 34:5, “sino que morirás en paz y serás cremado tal como lo fueron tus padres los reyes anteriores”. El Rabino Ohad Luli de Padua sostuvo en 1875 que la cremación no está prohibida por la Torá pero puede afectar emocionalmente a la familia lo cual debe ser tomado en cuenta. El Rabino Emilio Bachi de la comunidad de Saluccio en el Piamonte permitió la cremación de cadáveres por cuanto que no encontró juristas que lo prohíban de moda terminante.

Sin embargo, este tema no solo fue digno de palabras orales o por escrito sino también de acciones. En 1911 falleció el Rabino Itzjak Jaím Castiglioni quien había ejercido la función de Rabino Principal de la ciudad de Roma y fue discípulo del Rabino Ashkenazí antes mencionado, pidió que su cadáver sea cremado y efectivamente sus cenizas fueron depositadas en el cementerio judío de Trieste.

Por supuesto que muchos de los rabinos italianos, quizás la mayoría, de la época se opusieron a esta práctica, de todas maneras el debate se llevó a cabo en diferentes foros y con un alto nivel de erudición judaica.

El Rabino Efraim Oshri fue rabino del Ghetto de la ciudad de Kaunas (Kovne) durante el holocausto. Respondió a miles de preguntas de judíos provenientes de diferentes extracciones religiosas y tras concluida la guerra reunió las respuestas en un libro de responsa en cinco tomos que se publicó bajo el título “Responsa desde los abismos”. Un judío que para sobrevivir se hacía pasar por alemán y en su entorno nadie sabía que era judío, estaba agonizando en virtud de un cáncer que le aquejaba y pronto habría de ser su sepelio, bajo la señal de la cruz en un cementerio gentil y rodeado de nazis, por lo que preguntó: “¿quizás sea mejor que mi cuerpo sea cremado para evitar así semejante situación?” El Rabino Oshri le respondió que de ninguna manera, que un judío debía hacer todo lo que estaba a su alcance con tal de evitar que su cadáver sea cremado.

El entierro y la incineración expresan dos perspectivas completamente opuestas tanto de ver el mundo como nuestro rol en él. La incineración se refiere al ser humano como conquistador de la naturaleza mediante el fuego y la tecnología en vez de aceptarla de modo armónico. El entierro expresa respeto por el ciclo vital. Cuando enterramos el cadáver de nuestro ser querido devolvemos lo que recibimos, el entierro refleja el ritmo del universo.

Por Rabino Eliahu Birnbaum

El discurso rabínico

Se suele decir que “el poder del rabino radica en su boca”. Si nosotros entendemos el rol del rabino no solamente circunscrito al estrecho ámbito de la halajá sino que vemos en él un líder espiritual y comunitario que debe tomar posición, formar opinión pública e influenciar en el pensamiento y las costumbres de los miembros de su congregación, sin duda que una de las herramientas de las que dispone es la palabra y la pronunciación de homilías.

Hace cuestión de unas semanas visité la comunidad judía de Cuba y tuve allí una experiencia muy particular que no me había tocado vivir anteriormente. En víspera de Shabat se dirigió a mí la presidenta de la comunidad y me pidió que esa noche vaya a la sinagoga principal y después del Kabalat Shabat dirija unas palabras a los presentes. Por diferentes razones intenté evitarl, mas la presidenta insistió tenazmente y me dijo que por varios años no había habido rabino en la comunidad y que en todo ese tiempo el público no había escuchado una disertación sobre la Parashá de la semana. En vistas de la situación entendí que debía asistir a la sinagoga principal y disertar. Al llegar constaté que había presentes unas doscientas personas entre hombres, mujeres y niños. Preparé un mensaje breve, que dure aproximadamente unos diez minutos y no más ya que es sabido que una de las reglas de oro del buen discurso sinagogal es que “su inicio y su final no disten en demasía el uno del otro”. Subí al púlpito y hablé sobre la Parashá de “Vaietzé”. Cuán grande fue mi sorpresa cuando al finalizar todo el público aplaudió de pie y pidió otra disertación. Al principio pensé que se trataba de buenos modales y de gentileza para con el rabino disertante pero luego fui entendiendo que por mucho tiempo esa gente no había escuchado discursos rabínicos y que estaban sedientos de recibir más mensajes de pensamiento judío. Nuevamente hablé por unos diez minutos y nuevamente el público aplaudió de pie y pidió otra homilía… y así ocurrió cuatro veces y tras hablar cuarenta minutos descendí finalmente del púlpito. Por lo general el público pide al rabino que abrevie su mensaje por lo que en Cuba me sucedió un milagro revelado al pedir la comunidad que siga hablando una y otra vez.

En nuestros días es común que el rabino diserte cada Shabat y a veces más de una vez durante el sagrado día. Este fenómeno refleja la necesidad que tiene el público de escuchar palabras de Torá así como también expresa el tan especial vínculo que se genera entre el rabino y su comunidad. En el caso del ejercicio del rabinato en la diáspora, el discurso puede llegar a ser de gran trascendencia pues el público que asiste a la sinagoga suele ser más heterogéneo y en virtud de ello es necesario adaptar a éste el mensaje.

La disertación rabínica o “derashá” solía ser un acontecimiento popular y de gran importancia durante la Edad Media, empero en esos días la labor retórica no estaba a cargo del rabino titular de la comunidad sino que era realizada por un disertante o “darshán” profesional que recorría las diferentes comunidades y recibía un pago por su homilía. El Profesor Simja Asaf, quien estudió por muchos años la historia del Rabinato, en su libro “Korot Harabanut” escribe: “En las comunidades importantes se designaban disertantes especiales que hablaban ante el público en cada sábado. Este tipo de disertantes existía en las comunidades de Poznán, Frankfurt, Praga, Vilna, Slutzk y otras y estos a su vez eran grandes eminencias en el pueblo de Israel. Sin embargo en casos especiales o de suma importancia el mismo rabino comunitario era el disertante. Había dos sábados que estaban reservados especialmente para el rabino titular de la ciudad, el Shabat Hagadol (anterior a Pesaj) y el Shabat Shuvá (entre Rosh HaShaná y Yom Kipur). En estas ocasiones estaba obligado a hablar y este deber estaba estipulado en el contrato del rabino” (pág. 52).

Empero, en las últimas generaciones el rol de disertante pasó a la responsabilidad del rabino titular por cuanto que entre otras razones, conoce bien a su rebaño y entiende mejor que nadie qué tema es conveniente hablar para así llegar al corazón de la gente. La asunción de la responsabilidad de las disertaciones por parte del rabino comunitario es una señal más de los muchos cambios que operó este rol en cuanto a su status y su relación con la comunidad. El Rabino Iejiel Yaakov Wainberg, autor del libro “Sridei Esh”, escribió en su maravilloso artículo “Mosad Harabanut” (p. 289) que una de las funciones centrales del rabino comunitario actual es disertar: “la tercer función del rabino, además de enseñar Torá y sentenciar halajá es la de disertar en público tanto en Shabat como en los días de fiesta. La disertación pública fue vista tradicionalmente como el deber del rabino jefe del lugar, y su finalidad era la de inculcar en las personas amor a la Torá y temor a Dios, reforzar la fe, las esperanzas y la determinación del pueblo de Israel de fungir como reino de sacerdotes y nación sagrada”.

¿Cuál es el secreto de la disertación rabínica o “drashá” que la hace tan importante y difícil a la vez? Se trata del arte de hablar, del correcto equilibrio y armonía entre el disertante, el  contenido expresado y el público receptor. Hay disertaciones que si bien son dichas en público su mensaje no llega al corazón de los escuchas. Una buena disertación es aquella que al mismo tiempo toca y no toca. Una buena disertación es aquella tras la cual el oyente entendió lo que escuchó, puede volver sobre el contenido de la misma con claridad y hasta llega a repetirla en su casa para su familia o en otro evento.

El rabino en su rol de disertante y comentarista

La disertación del rabino es una ventana abierta a su mundo interior, sus áreas de interés y su nivel intelectual. El público se impresiona así de las palabras del rabino, de su modo de pensar, de las fuentes a las que recurre y de los ejemplos concretos que trae a colación. En la práctica, cuando un rabino diserta sobre un tema determinado y cita una fuente midráshica o filosófica, la comunidad no juzga necesariamente las fuentes citadas sino al rabino mismo. El rabino se transforma en el intérprete o “Midrash” legítimo para la comunidad, es quien hace llegar la Torá de HaShem a los escuchas transformándose en fuente de inspiración para los receptores de su mensaje. Esta apreciación es válida para el público religioso pero mucho más aún lo es para el público no observante. Por un lado la disertación debe ser fiel al origen y por el otro el rabino debe de fungir como intérprete y conducto de esa fuente clásica a su comunidad. Según esto, el disertante debe ser fiel tanto a sus maestros que le transmitieron las fuentes pero al mismo tiempo serlo también a las necesidades, inquietudes, creencias y formas de pensar de los miembros de su congregación. Una de las diferencias entre el papel de comentarista y el de disertante o “darshán” es que el comentarista revela la voluntad de HaShem en un pasaje de la Torá mientras que el “darshán” debe acercar la palabra de Hashem al Hombre. Un buen retórico debe ser capaz de combinar estas dos funciones en un mismo discurso.

En mi opinión, el secreto de una buena disertación radica en “saber ante quién estás parado”, qué público es el que está sentado ante ti. La correcta interacción depende del conocimiento que el rabino tenga del público que le escucha y su capacidad de ser sensible a sus necesidades y capacidades.

¿De qué no hablar?

Uno de los dilemas del mundo rabínico es si existen o no temas que no deben ser mencionados, si es mejor callar algunas cuestiones por el bien de la comunidad y del rabino mismo. La respuesta tiende a ser que sí, pero nuevamente, esto depende del momento y la situación en la que se encuentra el rabino en cuestión. Lamentablemente, debo admitir que hay algunos discursos pronunciados por algunos rabinos que mejor hubiese sido que nunca se hubieren pronunciado. Hay rabinos que logran alejar de la Torá a personas individuales y a veces a comunidades enteras mediante contenidos o estilos retóricos inadecuados para la audiencia. Un discurso puede acercar al judaísmo o alejar de este dependiendo del pensamiento y de la boca del disertante.

El referirse o no a cuestiones políticas es otro de los dilemas de los rabinos y disertantes. Hay quienes ven con buen ojo que el rabino menciones temas de orden político en su “derashá” para de esa manera demostrarle a su comunidad que tiene interés por los temas más inmediatos que urgen a los miembros de la congregación; por otra parte, hay quienes sostienen que al referirse el rabino a temas políticos pierde al segmento del público que disiente con su postura. En Israel los temas políticos que pueden llegar a tocar los rabinos en sus disertaciones suelen ser temas nacionales mientras que en las comunidades judías de la diáspora el tema suele tender ser sobre política interna comunitaria.

Finalicemos entonces con unas palabras del rabino Eliezer Papo, autor del libro “Pele Yoetz” que se refiere al disertante con estas palabras:

“Qué buena es la disertación pública, mas para su suceso esta requiere de varias condiciones. En primer lugar el disertante debe pedir a HaShem que le salve de la vanidad y que sus palabras den fruto; además, debe pedir a HaShem que su mensaje sea expresado en un lenguaje correcto, claro y agradable a los oyentes tal como una novia es bonita a los ojos de su marido. En segundo término debe ser breve y evitar agobiar a su público. En tercer lugar, debe ser muy cuidadoso en cuanto a la dignidad de su público y evitar ofender a  alguien en particular o acusar colectivamente a la grey. Debe verse incluido en el público y cuando señala una conducta errónea debe decir ´nosotros nos equivocamos en esto o aquello, vayamos pues a la luz de las enseñanzas de HaShem´. Además, el disertante debe repasar previamente su homilía para que esta sea fluida… el sabio que escuche y aprenda la lección y qué bueno es que cada cosa se haga a  su tiempo”

Por Rabino Eliahu Birnbaum

Judaísmo en el corazón del mundo islámico

En Indonesia se encuentra la mayor concentración de musulmanes del mundo, pero justamente allí se está desarrollando una comunidad judía con total libertad y seguridad. Incluso algunos musulmanes vienen a escuchar las disertaciones del rabino.

Si bien Indonesia es el mayor país musulmán del mundo, al caminar por sus calles tanto en la capital Jakarta como en la norteña ciudad de Jaipura me sentí sumamente seguro.

Llegué a Indonesia tras estar en el otro lado de la isla, en Papúa Nueva Guinea. La isla se divide en dos, del lado oriental se encuentra Papúa Nueva Guinea que es un país cristiano y del lado occidental se encuentra Papúa Indonesia cuya población es musulmana.

Indonesia es un archipiélago ubicado en el Sudeste asiático, se encuentra entre la India y Australia y linda con Malasia, Singapur y Papúa Nueva Guinea. El país está conformado por diecisiete mil islas alineadas a lo largo del trópico, de las cuales solamente seis mil están habitadas. Su población supera los 260 millones de habitantes que en su mayoría son musulmanes, conformando la mayor concentración musulmana del mundo. Las religiones minoritarias tales como el cristianismo, hinduismo y el budismo tienen status de confesiones reconocidas. El judaísmo no entra en esta categoría de religión reconocida pero de todas maneras no hay persecución anti judía.

La visita a Indonesia fue apasionante no solamente por las bellezas naturales del país sino principalmente por el grupo humano que encontré, la comunidad de “Torat Jaím”, conformada por personas que se encuentran en proceso de acercamiento al judaísmo tradicional y aducen poseer raíces judías. Pertenecen a la tribu “Santany”, nombre del lago al que arribaron sus ancestros al llegar a Indonesia. ¿Quién podría creer que en un país musulmán hay descendientes de judíos que tienen un estilo de vida religioso y poseen una sinagoga activa?

A mediados del siglo XIX unos pocos judíos habitaban la isla y eran provenientes de los países de oriente. Mi maestro en temas de viajes por el mundo, el Rabino Yaakov Sapir visitó Indonesia, si bien en esos días el archipiélago se encontraba bajo gobierno holandés y esta región tenía el nombre de Lavatavie. Esto es lo que escribió el rabino Sapir en su libro Even Sapir (pág. 117): “Al saber que allí se encuentran algunos de nuestros hermanos quise visitarlos para verlos, conocer sus raíces y ver qué les hace falta… Tras la visita me cercioré que hay aquí muchos judíos pero que no se denominan como tales y sus hijos casi que se olvidaron que provienen de vientres judíos. No tienen ni sinagoga, ni cementerio, ni maestro, ni cantor litúrgico, ni matarife, ni circuncidador, y se han mezclado entre los gentiles asemejándoseles en todas sus acciones. A pesar de ello, en sus corazones se sienten judíos y no abjuran de su fe, Dios no  lo permita”

Algún día volveréis

Los miembros de la comunidad “Torat Jaím” vinieron a recibirme al paso de frontera entre Papúa Nueva Guinea e Indonesia, junto a la ciudad de Jaipura. Fuera de Israel, generalmente acostumbro a andar con kipá en los países cristianos mas en los musulmanes, a los efectos de no sobresalir más de la cuenta, cubro mi cabeza con un gorro. Grande fue mi sorpresa al ver que mis anfitriones se allegaron a mí luciendo sendas kipot sobre sus cabezas y tzitziot que se dejaban ver entre sus ropas. De inmediato me quité el gorro y dejé ver mi kipá, práctica que mantuve hasta el final de la visita.

Es difícil de describir la emoción que me produjo el llegar a una isla solitaria en el océano pacífico y descubrir allí una comunidad judía observante. Tal como ya mencionamos, los hombres tenían kipot sobre sus cabezas y las mujeres casadas cubrían su cabello. La recepción incluyó bailes al son de melodías jasídicas contemporáneas y un rezo de Minjá en la bonita y prolija  sinagoga comunitaria. Esta posee un arca sagrada en cuyo interior se encuentra un libro de la Torá impreso, que hace de símbolo o representación del rollo de pergamino. Los miembros de la comunidad se mostraron buenos conocedores en todos los pasajes del rezo y tras concluir este, el presidente de la comunidad tocó un shofar como manifestación de la alegría que sentían de ser visitados por un judío de la tierra de Israel.

De acuerdo a la tradición que detentan, hace cuatrocientos años sus antepasados llegaron a Indonesia que se encontraba entonces bajo gobierno holandés procedentes del Perú (a la que llaman Carmen) de donde se escaparon en virtud de su carácter de criptojudíos y las persecuciones de la inquisición. Según indica su legado, estos judíos abandonaron Perú en barcos que ellos mismos construyeron. Por esta razón de acuerdo a la costumbre de la tribu, todo joven que llega a la edad adulta, como rito de pasaje debe construir por sí mismo un bote de madera, cortarlo a la mitad y enviar una de las partes río abajo como forma de recordar el origen de sus antepasados.

Los cuatro patriarcas que llegaron a la isla, provenientes del Perú, son llamados por los miembros de la comunidad “melamdim” (maestros). A su arribo, los “melamdim” debieron inscribirse como miembros de una de las seis religiones permitidas a los efectos de poder obtener un trabajo. De esa forma los miembros de la tribu comenzaron a perder lentamente su identidad hasta que en 1880 llegaron misioneros cristianos comenzando entonces el proceso de evangelización de la tribu. Estos misioneros quemaron las sinagogas de la tribu, les confiscaron el único de rollo de la Torá que poseían y les prohibieron cumplir el Shabat y otros preceptos. Sin embargo, aun tras haberse convertido al cristianismo, se abstuvieron de visitar la iglesia.

El narrativo como conformador de identidad

Cuando presento grupos con conexión al judaísmo hay personas que me preguntan ¿cómo podemos estar seguros de que tienen raíces judías? Tras muchos años de viajes e investigaciones he llegado a la conclusión de que es muy importante escuchar atentamente el narrativo de cada grupo. Las tradiciones que se transmiten de generación en generación tienen suma importancia en la conformación de la identidad individual y en el delineado de los límites colectivos. El presente se va moldeando a partir de los relatos de los padres y los abuelos, y por ello el secreto judío radica más en las leyendas que en las demostraciones históricas.

Es indudable que la identidad de este grupo en Indonesia es acompañada de diferentes narrativos. No vengo a juzgar un fenómeno con ojos de historiador sino más bien a escuchar con atención las diferentes narraciones y relatos tribales. Humildemente debo admitir que en esta actitud veo parte importante de mi labor, salvar relatos y tradiciones de tribus perdidas sin necesidad de analizar la verdad histórica de estas.

Actualmente, la comunidad “Torat Jaím” en la ciudad de Jaipura cuenta con unas doscientas familias. La comunidad fue establecida en el año 2013 con la autorización de las autoridades musulmanas. En la sinagoga se rezan tres rezos diarios y por supuesto que también hay servicios de Shabat. Otra comunidad perteneciente a la misma tribu radica en la ciudad de Mandu y suman unas cincuenta familias. Existe otra comunidad judía en la capital Jakarta y cuenta con unos cien miembros procedentes de diferentes sitios en el mundo. A veces hay musulmanes que se acercan a la sinagoga para participar de los servicios y escuchar la disertación del rabino.

Muchos de los miembros de la comunidad trabajan en minas de oro, Indonesia es famosa por la calidad de su oro y podría recibir el título de “El Dorado modero”. Los judíos que trabajan en las minas tienen permiso especial de ausentarse el sábado de sus labores, lo cual es una expresión más de la tolerancia religiosa imperante en el país. En términos generales, la comunidad judía se siente libre y segura de vivir abiertamente de acuerdo a su fe. En la comunidad me dijeron “Nosotros aquí podemos caminar con kipá en el mercado o cualquier sitio que sea sin problema alguno”.

Por Rabino Eliahu Birnbaum

Sarajevo

La visita que llevé a cabo a la ciudad de Sarajevo en Bosnia me motivó a pensar largamente sobre el pasado presente y futuro de la comunidad judía de ese lugar. Si bien se trata de una ciudad en la cual el 90% de la población profesa el islam, los judíos viven en completa seguridad, no se percibe antisemitismo alguno, no se requiere de medidas especiales de seguridad en la sinagoga y se puede caminar tranquilamente con kipá por la calle.

No en vano, esta ciudad fue llamada por los judíos sefaraditas que en ella se asentaron como “Jerusalén de Europa” o “Jerusalén de los Balcanes”, ya que las diferentes religiones convivían allí armónicamente conformando un tramado social, cultural y religioso sustentado en todas las etnias y religiones que la habitaban.

En esta ciudad es dable encontrar mezquitas junto a sinagogas, catedrales católicas y ortodoxas, se superponen el llamado al rezo desde los minaretes y el son de las campanas de las iglesias, conformando conjuntamente una melodía sumamente especial. Hasta el día de hoy la población de Bosnia está conformada por un 50% de musulmanes, junto a serbios ortodoxos y croatas católicos. Los judíos sienten que pertenecen al país desde hace muchas generaciones ya que sus ancestros son de los primeros que habitaron esa tierra, por lo que suelen decir: “somos la minoría más pequeña pero la más antigua de Sarajevo”.

Bosnia, o de acuerdo a su nombre oficial Bosnia-Herzegovina, es un pequeño país de los Balcanes en el que confluyen oriente y occidente, se encuentra entre Europa Clásica y Turquía. Aún es posible percibir los estragos provocados por la feroz guerra civil que azotó al país entre 1992 y 1995. Persiste una sensación de inestabilidad que afecta tanto al país como a la comunidad judía y de la cual todos intentan recuperarse. Es importante señalar que los habitantes del país no se definen a sí mismos por su nacionalidad bosnia sino mediante su religión, presentándose como judíos musulmanes o cristianos.

Previo a la guerra civil Bosnia era uno de los territorios que formaba parte de la República Federativa Socialista de Yugoeslavia. Este estado estuvo además conformado por Croacia, Serbia, Montenegro, Macedonia y Eslovenia, desde el final de la segunda guerra mundial y hasta su desmembramiento final en el año 1991.

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Sarajevo fue establecida en el siglo XV por los otomanos como capital de Bosnia y hoy es habitada por unos trescientos mil habitantes. Hasta la Shoá vivieron aquí unos catorce mil judíos, porcentaje importante de un total de sesenta mil habitantes que habitaban la ciudad en esa época. Otros judíos vivían en pequeñas comunidades de los alrededores, algunas de las cuales persisten hasta nuestros días, tales como Tulsa, Benia, Luka, Duboy, Mostar y Zenika. Durante la guerra civil la comunidad judía ascendía a unas dos mil almas, hoy día su número es de setecientas. Los primeros judíos que llegaron a la ciudad en el siglo XVI provenían de la Península Ibérica de la cual huían en virtud de la expulsión y las persecuciones religiosas por lo que buscaron refugio en el Imperio Otomano. Los primeros judíos llegaron en 1565 provenientes del puerto croata de Dubrovnik, Sofía y Salónica de donde pasaron a Sarajevo. Algunos de los sefaraditas arribaron portando las llaves de hierro de sus casas en España y Portugal. Estas llaves pasaron de generación en generación como recordatorio de este segundo exilio padecido. Jerusalén era un tanto abstracta y distante para ellos, siendo España realmente el hogar que habían perdido. Algunas familias judías de Sarajevo aun detentan estas llaves amén de hablar ladino, la lengua de los sefaradíes expulsados. Por generaciones preservaron las melodías y los romances en su forma original, como parte de su acervo cultural, algunos de los cuales llegaron hasta nuestros días.

Judíos de Europa central y oriental llegaron a Sarajevo a lo largo del siglo XVII escapando a las persecuciones de que eran objeto en el Imperio Austrohúngaro. Hasta el Holocausto la comunidad de Sarajevo se desarrolló dinámicamente estableciendo un sinnúmero de instituciones judías, mas esta tragedia puso punto final al florecimiento judío en la ciudad. Lamentablemente un 70% de la comunidad judía de Sarajevo no sobrevivió la ocupación Nazi, quedando solamente cuatro mil de los catorce mil que habitaban la ciudad en la preguerra, y muchos de estos prefirieron emigrar a Israel en vez de retorna a lo que quedó de su comunidad.

Durante la guerra civil la comunidad judía abrió un centro de ayuda humanitaria que brindó apoyo a todas las personas sin distinción de credo o raza. Los miembros de la comunidad no dudaron ni un instante en cuanto a que los servicios prestados por la comunidad debían incluir a todo bosnio que los requiera, sea o no judío. El Sr. Yaakov Pinzi, presidente de la federación de comunidades judías de Bosnia lo explicó de la siguiente manera: “Tras cuatrocientos cincuenta años de vivir en Sarajevo junto a ciudadanos de diferentes razas y religiones, nos transformamos en parte integral de la población de la ciudad. Durante la guerra civil y el sitio que sufrió la ciudad, nos sentimos parte de una gran familia extendida y unida”.

Hoy día la comunidad judía de Sarajevo cuenta con setecientos miembros, algunos de los cuales son descendientes de los judíos sefaradíes llegados desde España, y la mayoría, son el resultado de matrimonios mixtos. Tantos unos como los otros añoran el pasado glorioso de la comunidad y buscan la manera de revivirlo y proyectarlo a futuro. Si bien se trata de una comunidad asimilada y envejecida mantiene actividad regular a lo largo del año. Cada viernes por la noche hay servicio de Kabalat Shabat, asimismo se organizan rezos para Rosh HaShaná y Kipur, y en Pesaj se lleva a cabo un seder comunitario.

De las siete sinagogas que poseía la comunidad hoy solo se mantiene la Ashkenazí inaugurada en 1902. En la sinagoga ashkenazí el servicio es según la usanza sefaradí. Hay otras cuatro sinagogas que se salvaron de la destrucción durante la segunda guerra mundial pero no se encuentran en propiedad de la comunidad judía. Asimismo, la comunidad activa un colegio judío los días domingo a los efectos de profundizar la identidad de los miembros.

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Una de las señoras con las que dialogué me comentó: “Mi abuela era judía y mi abuelo musulmán. Éramos una familia sumamente asimilada como la mayoría de los judíos de Sarajevo. Yo era muy apegada a mi abuela por lo que a pesar de que ella falleció siendo yo una niña, siempre supe que era judía. No conocía las costumbres, pero siempre sentí el significado histórico que implicaba el ser judía. Si bien el alto índice de matrimonios mixtos preocupa a los directivos comunitarios, ellos no ven en estos la pérdida de un miembro sino la adición de uno nuevo mediante la inclusión de los cónyuges no judíos. Lamentablemente, mi sensación es que en esta comunidad la actividad religiosa es escasa en comparación a otras comunidades judías en general y en los Balcanes en particular.

Una de las costumbres especiales de esta comunidad es la celebración de “Purim de Sarajevo” el día 4 del mes de Jeshván, día en el cual leen una Meguilá o rollo de pergamino especial que narra los sucesos acaecidos en el pasado en esa fecha. En el año 1819,  el Pashá gobernante de la región tomó prisioneros al rabino Moshé Danón junto a otros doce miembros ilustres de la comunidad y exigió un cuantioso rescate por su liberación. De forma milagrosa, ciudadanos musulmanes exigieron al Pashá la liberación de los judíos por lo que estos se salvaron. Desde entonces, la comunidad judía estableció esta celebración a los efectos de agradecer a D´s por el milagro ocurrido.

Hacia el final de mi visita llegué a uno de mis sitios preferidos, el cementerio comunitario. El cementerio sefaradí está emplazado en la ladera del monte Trababich. Visitar el cementerio equivale a transitar por la historia de la comunidad permitiéndome conocer los apellidos típicos de la comunidad tales como  Pinto, Papo, Levi, Atías, Eltraz y Pinzi, pudiendo aprender de los personajes destacados y de los diferentes tipos de lápida. Probablemente se trate del cementerio judío más grande de Europa.

Por supuesto que si llegué hasta esta ciudad no pude obviar una visita a la famosa “Hagadá de Sarajevo”. Me dirigí al Museo Nacional a los efectos de poder contemplar una de las maravillas del mundo y uno de los símbolos nacionales del pueblo bosnio. Los bosnios se refieren a la Hagadá como patrimonio histórico nacional y ven en esta una suerte de ave fénix que siempre sale de las llamas en virtud de que sobrevivió numerosas vicisitudes. Debo confesar que contemplar la Hagadá de Sarajevo me emocionó en gran manera y no puede sino ver transcurrir ante mis ojos, como en una película, cientos de años de historia judía.

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La Hagadá de Sarajevo es la más antigua del mundo que llegó a nuestros días, fue escrita en Barcelona en el siglo XIV a modo de presente a una pareja de novios. La Hagadá está escrita con bella caligrafía sobre pergamino y está ornamentada con bellísimas ilustraciones realizadas con oro y plata. La Hagadá salió de España junto a sus dueños en 1492, pasó por Italia en el año 1510 y desde Venecia arribó a Sarajevo, siendo adquirida por el Museo Nacional en el año 1895. La Hagadá exhibe un sellado de la Inquisición del año 1609, la cual revisaba todos los textos judíos y si hubiere encontrado en esta algún contenido hostil hacia el cristianismo habría sido quemada y no habría llegado a nuestros días. Es probable que el inquisidor que revisó al Hagadá, Giovanni Dominezzi, era un cripto judío que mantenía su judaísmo en secreto y por lo tanto se esmeró en no dañar semejante objeto de culto.

Tras la conquista Nazi, los ocupadores enviaron al museo a un agente de la Gestapo para que se haga con la Hagadá a los efectos de enviarla a Praga donde se erigiría el “Museo de la Raza Extinguida”. Sin embargo, el bibliotecario le informó al agente nazi que la Hagadá ya no se encontraba entre los libros y la contrabandeó fuera de la ciudad, entregándosela a un Imam musulmán que la escondió entre sus libros del Corán y la mantuvo oculta en su aldea hasta el final de la guerra. A esto me refería en cuanto a que esta Hagadá es una expresión de las vicisitudes que pasó el pueblo judío a lo largo de su historia de huidas y persecuciones.

Al dejar Sarajevo, sentí en mi corazón que existe una brecha entre la Hagadá que logró subsistir milagrosamente durante seiscientos años y la comunidad judía que si bien realiza ingentes esfuerzos en aras de subsistir, dudo mucho que lo consiga.

Por Rabino Eliahu Birnbaum

San Miguel: Rezando al son de las campanas

¿Está permitido rezar en una ciudad llena de iglesias o en una habitación que en una de sus paredes pende una cruz? En virtud de un Shabat en la localidad mexicana de San Miguel, analizaremos la problemática del  cumplimiento de los preceptos del judaísmo en ciudades cristianas.

Hace un par de semanas pasé Shabat en la ciudad mexicana de San Miguel de Allende. Por causa de su belleza, esta ciudad que fue fundada en 1542, fue declarada por la UNESCO patrimonio cultural de la humanidad en el 2008. En la actualidad, San Miguel de Allende es un destino turístico central a nivel internacional, conservando un carácter único que combina la herencia española con la cultura mexicana de un modo auténtico y multicolor.

San Miguel es una ciudad profundamente cristiana. En cada calle y cada esquina nos encontramos con una iglesia. En la plaza central se encuentra la iglesia de San Miguel Arcángel que fue erigida en el siglo XVIII en estilo barroco y se ha transformado en emblema de la ciudad. Desde cada rincón de la ciudad se puede divisar esta gran iglesia. Los campanarios de las diferentes iglesias se escuchan cada quince minutos y estatuas e imágenes de los diferentes santos se encuentran por doquier.

La estancia en una ciudad tan intensamente cristiana me resultó un tanto   extraña, a pesar de que estoy muy acostumbrado a encontrarme en entornos no judíos. El hotel en el cual me hospedé lleva el nombre de unos de los apóstoles de Jesús, sobre el marco de la puerta de mi habitación pendía una imagen o cuadro de “Santa María” y sobre mi cama había un crucifijo con la figura de Jesús crucificada en él. El viernes por la noche rezamos en la casa de una familia judía sita en la calle Jesús y cuyo frente da en dirección a la iglesia principal. Durante la “Amidá” (plegaria principal que se recita de pie y en silencio), me encontré de pie hacia el Este dirigido a  la distante Jerusalém mas contemplando las cruces de las iglesias cercanas. Durante todo el rezo sonaron las campanas de las iglesias que fueron la cortina musical del Kabalat Shabat y del canto de “Lejá Dodí”.

A raíz de este Shabat comencé a investigar una serie de preguntas fundamentales respecto de la convivencia de judíos y cristianos en la diáspora y en cuestiones halájicas referidas a esta coexistencia: ¿está permitido rezar en una ciudad repleta de idolatría? ¿Se puede rezar en una habitación de una de cuyas paredes pende una cruz? ¿Se puede recitar la “Amidá” dirigiéndose a Jerusalém aunque ello implique pararse de frente a una iglesia o cualquier otro símbolo perteneciente a otra religión que no es la judía?

Irse de la ciudad

La gran mayoría de los judíos de la diáspora vive actualmente en sociedades mayoritariamente gentiles y cristianas. Por una parte es obvio que los judíos no deben conectarse al cristianismo pero al mismo tiempo no les es posible ignorar los signos cristianos existentes en las diferentes ciudades y países. Esta situación hace que el judío no solamente deba encontrar la manera de mantener buenas relaciones con sus vecinos cristianos y respetar sus creencias sino que además deba ingeniárselas para preservar sus propias creencias judías en el marco de la convivencia con otros credos. A lo largo de las generaciones los sabios del pueblo de Israel procuraron encontrar el camino equilibrado de paz y respeto mutuo entre las religiones. Son conocidos los conceptos del “Nodá Miehudá” quien escribió en el prólogo a su libro de responsa homónimo:

“Es sabido en todas partes que predico en mis homilías el respeto por las demás naciones en cuyas tierras habitamos actualmente y que es nuestro deber orar por la paz de sus reyes, ministros y ejércitos así como por el bienestar del reino y sus súbditos, y debemos cuidar de no ser desagradecidos con quienes nos prodigan generosamente asilo  manutención en sus dominios… las naciones en medio de las cuales habitamos hoy día comparten con nosotros los principios de la fe, creen en la creación del mundo, en la veracidad de las profecías de los profetas de Israel, en los milagros descritos en la Torá y los libros de los profetas por lo que es doblemente evidente que debemos respetarles y encumbrarles”.

Nuestros sabios de bendita memoria nos enseñaron que el sitio donde se reza tiene importancia y es necesario evitar hacerlo en recintos de idolatría. Respecto del versículo de Éxodo 9:29 “En cuanto salga de la ciudad extenderé mis manos al Eterno…” Rashi comenta: “En cuanto salga de la ciudad mas no dentro de la misma ya que estaba llena de imágenes idolátricas”. Basándose en el Midrash Shemot Rabá Rashí explica que Moshé no deseaba rezar a Dios dentro del perímetro de la ciudad ya que en esta abundaba la idolatría egipcia por lo que realizó el esfuerzo de cambiar su ubicación geográfica para hacerlo. El Natziv, en una de sus respuestas explica que Moshé normalmente rezaba en alguna de las sinagogas que los judíos habían erigido en tierra egipcia por lo que no le afectaba la profusión de ídolos circundante. Sin embargo, en esa ocasión en virtud de las características particulares de la plaga del granizo quiso rezar fuera (Responsa Meshiv Davar 1:10).

El Ramá sentenció:

“Quien viaja y se encuentra cerca del albergue en caso de poder apartarse al costado del camino en un sitio donde nadie le interrumpa que lo haga allí y no en el hostal gentil para no ser molestado por los dueños de casa, en  caso de poder apartarse a la vera del camino que rece en el albergue en un rincón” (Oraj Jaím 94:69).

Entre rito y recordatorio

El Rabino Moshé Fainstein analiza la posibilidad rezar en una sinagoga contigua a una iglesia y establece que se puede adoptar una actitud flexible y rezar en esta ya que desde su interior no se visualizan los símbolos religiosos ajenos y es claro cual sol de mediodía que quienes se encuentran allí le rezan al únicamente al Kadosh Baruj Hú (Responsa Igrot Moshé, Oraj Jaím 1:47-48).

El fenómeno de crucifijos colgados sobre camas es común en diferentes hospitales y hoteles en los países cristianos. Los juristas contemplaron la situación de rezo en una habitación que exhibe un crucifijo en una de sus paredes. Su conclusión es que de ser posible rezar fuera de tal recinto es preferible pero si no lo es permitido rezar dentro de la habitación en cuestión a condición de que el orante se pare frente a una pared de la que no penda un crucifijo o imagen. Así lo dispone la Mishná Berurá: “Si en la pared oriental hay una imagen prohibida habrá de rezar hacia otra aunque no sea la que da al Este” (Shulján Aruj Oraj Jaím 94:69).

Esta misma autoridad halájica agrega (ídem 29) que en resumidas cuentas lo principal es encontrar un sitio para rezar libre de distracciones por lo que la cuestión de imágenes extrañas en la mayor parte de los dominios donde habitan judíos es inevitable. Recalca que de haber imágenes de este tipo en la pared hacia la que orientamos el rezo es menester girar y hacerlo en otra dirección aunque no sea la de la tierra de Israel. De no ser posible, se puede cubrir la imagen en cuestión para que no sea visible durante la plegaria. (Kaf Hajaím a Oraj Jaím 113:27) o de no mediar alternativa se puede cerrar los ojos durante el rezo (ver Shearim Hametzuianim Bahalajá a Kitzur Shulján Aruj 18:7). Si por alguna razón es imposible rezar en otra dirección y no hay manera de no hacerlo sino frente a una cruz los juristas recomiendan no inclinarse ante esta (ídem 6).

Es interesante resaltar que si bien los objetos de culto cristianos son considerados como instrumentos de idolatría y está prohibido obtener beneficio de los mismos, el autor de Terumat Hadeshen puntualiza que el crucifijo que portan los curas en su vestimenta son únicamente recordatorios por lo que no deben ser considerados idolatría que debe ser proscrita. El Ramá sentenció que “una imagen ante la cual se inclinan es un objeto de idolatría y está prohibido obtener beneficio, mas el crucifijo que se pende del cuello es un recordatorio y no instrumento de idolatría por lo que se permite obtener del mismo beneficio (Shuljan Aruj Ioré Deá 141).

Para finalizar, si bien era consciente del carácter cristiano de la ciudad, la mayoría de sus habitantes no sabían que yo era judío y profesaba otro credo. Caminando por la ciudad, al pasar junto a una iglesia, muchas señoras impresionadas por mi barba y mi kipá se acercaron y me pidieron “¡Padre, Padre, bendígame!” La situación me obsequió una renovada comprensión del versículo que reza: “Y Iosef reconoció a sus hermanos mas estos no le reconocieron”.

Por Rabino Eliahu Birnbaum