¿Ir o no ir a Egipto?

Por el Rav Eliahu Birnbaum 

Voy a compartir con ustedes las historias de comunidades judías extrañas, exóticas y, en ocasiones, aisladas, que visito alrededor del mundo.

Comienzo en Pésaj, y por ello he decidido iniciar con la historia de una de las comunidades judías más antiguas que existen: los judíos de Egipto. Pero antes de emprender el viaje, tuve que resolver un problema, un problema halájico: ¿está realmente permitido viajar a Egipto?

Cuando les conté a mis amigos que planeaba viajar a Egipto, se desató entre ellos un animado debate acerca de si tal viaje está permitido o si existe alguna prohibición de visitar ese país. La Torá lo prohíbe en términos contundentes:
“Porque como habéis visto a Egipto hoy, no lo volveréis a ver jamás… no volveréis por ese camino nunca más.”

Pero, ¿qué significa realmente esto? ¿Está prohibido todo viaje o visita a Egipto? ¿O acaso la prohibición se refiere únicamente al camino específico por el cual los hijos de Israel salieron de Egipto hacia la tierra de Israel? ¿Se trata exclusivamente de una residencia permanente, o incluso una visita breve está completamente prohibida? ¿Es una prohibición geográfica o más bien conceptual, basada en valores? ¿Y aplica solo a Egipto o también a otros lugares donde el pueblo judío sufrió opresión y esclavitud?

La fuente de la prohibición de habitar en Egipto se encuentra en la Torá, el Talmud y en las autoridades legales posteriores. El Rambam, quien vivió durante muchos años en Egipto, escribió:
“Está permitido habitar en cualquier lugar del mundo, excepto en la tierra de Egipto… En tres lugares la Torá nos advirtió no volver a Egipto… y Alejandría está incluida en esta prohibición.”

El autor del Kaftor VaFerah relata una tradición notable sobre el Rambam en El Cairo:
“Escuché en Egipto… que cuando el Rambam firmaba una carta, concluía diciendo: ‘El que escribe, quien transgrede tres prohibiciones cada día’.”

Sin embargo, resulta llamativo que a lo largo de la historia las autoridades sintieran la necesidad de explicar esta prohibición e incluso limitar su alcance, ya sea para justificar a quienes vivían en Egipto o para permitir a quienes llegaban allí en busca de salvar sus vidas o sustento. Parece que esta prohibición fue considerada como un decreto que la mayoría del público no podía cumplir, por lo que se buscaron fundamentos de flexibilidad, incluso cuando ello parecía contradecir el texto explícito.

Algunos explicaron que la Torá prohíbe la residencia permanente en Egipto, pero permite una estancia temporal, como enseña el Talmud de Jerusalem:
“No se puede regresar para establecerse, pero sí para comercio, negocios o conquista.”

El Radbaz, uno de los sabios expulsados de España, vivió en Egipto y llegó a ser su máxima autoridad rabínica. Explicó que la residencia temporal está permitida, e incluso si esta se convierte gradualmente en permanente, no hay prohibición. Añadió:
“Yo mismo viví allí muchos años, pero nunca fue mi intención establecerme permanentemente…”
Finalmente, tras cuarenta años, decidió regresar a Jerusalén.

También defendió al Rambam, señalando que pudo haber sido obligado a permanecer en Egipto debido a su servicio como médico del rey.

Otros sabios ofrecieron interpretaciones adicionales: algunos sostienen que la prohibición aplica solo a quien regresa a Egipto desde la tierra de Israel, pero no desde otros países. Otros, como el Ritva, argumentan que esta prohibición solo es relevante cuando el pueblo de Israel vive en su propia tierra, lo que plantea profundas preguntas sobre su aplicación en nuestros tiempos.

Incluso se ha debatido si la prohibición es individual o colectiva, sugiriendo que solo aplica cuando todo el pueblo regresa como en la antigüedad. Rav Kook añade otra dimensión: si la esencia del país cambia, la prohibición podría dejar de aplicarse, lo que indica que no es meramente geográfica, sino conceptual.

En generaciones recientes, esta discusión ha dado lugar a comparaciones con la posibilidad de habitar en Alemania tras el Holocausto. Algunos rabinos argumentaron que imponer nuevas prohibiciones que el público no puede cumplir carece de sentido, recordando que incluso la prohibición de Egipto fue flexibilizada en la práctica.

Y aun así, aunque según la mayoría de las opiniones está permitido viajar a Egipto, no es sencillo. No es fácil aterrizar en la tierra del Nilo, donde el joven Moshé fue colocado en el río. Es una experiencia profunda estar nuevamente en el escenario de algunos de los acontecimientos más trascendentales de nuestra historia.

Pero más difícil aún es encontrarse frente a sinagogas vacías y en ruinas, silenciosos testigos de comunidades judías que alguna vez existieron y que hoy ya no están.

Estas emociones, y muchas otras, compartiré con ustedes en los próximos artículos.

Por el Rav Eliahu Birnbaum, rabino y juez que recorre el mundo buscando tribus perdidas de Israel y es conocido como el Indiana Jones del Pueblo Judío (Yehudí Olami)

 

Pesaj en Los Cárpatos

Reflexiones de una fiesta de Pesaj que pasé en el extranjero – la búsqueda de las raíces familiares y Munkatsch como microcosmos judío.

Tras mucho pensarlo, decidimos celebrar la noche del Seder y pasar los días festivos de Pesaj fuera de Israel. La compañía “Shai Bar Ilán” ofreció a sus clientes un programa de Pesaj en los montes Cárpatos con paseos diarios a las aldeas judías para aprender sobre la historia singular de esta región e investigar las raíces de sus descendientes. Nos sumamos a este viaje para conocer y buscar las raíces de la familia de mi padre Z”L en esta región que fue la cuna del movimiento jasídico

Mi abuelo, Eliahu Iehuda Zusman, cuyo nombre recibí, nació en la ciudad de Satmer, falleció en 1930 y está enterrado en la localidad de Chap, hoy en la frontera entre Ucrania y Hungría. Mi abuela Jaia fue llevada desde Transilvania a la muerte en Auscwitz en 1944. En términos generales la familia vivió en diferentes sitios de Transilvania y Marmoresh, Siguet, Tesht, Arad, Sirt, Munkatsch y Chap. Si bien ya he recorrido no pocas partes del mundo en general y del judío en particular, no me había hecho tiempo de conocer el sitio de origen de mi familia, y de esa forma en Pesaj pude cumplir con la premisa de nuestros sabios según la cual “en cada generación una persona debe considerar que él mismo salió de Egipto” amén de conectarme más estrechamente con mis raíces familiares en estos confines de los Cárpatos.

La visita al pueblo de origen de mi abuelo y mi padre me permitió entender asuntos de los que no era consciente años atrás.

No creo que sea indispensable visitar el sitio de origen para profundizar Enel conocimiento de las raíces familiares, empero hasta el día de hoy la vida en estos confines no se diferencia radicalmente de la que se tenía a principios del siglo XX y la visita nos permite echar un vistazo a la existencia judía y su cultura siguiendo la idea de que una persona es el fruto del paisaje en el que nace y crece.

¿Qué lleva a una persona a leer libros y visitar sitios de internet en pos de reencontrarse con sus orígenes? ¿Acaso se trata solamente de la curiosidad por saber de dónde viene y a dónde va? ¿O acaso se trata de una necesidad espiritual que conecta a la persona con su árbol genealógico no solamente desde una perspectiva biológica sino como una cuestión de identidad?

Tras un breve muestreo que realicé entre mis amigos resulta que la mayoría de nosotros desconoce el marco familiar del cual proviene. Pocos son quienes pueden describir a su familia más de una o dos generaciones atrás. La mayoría de las personas desconoce quiénes eran los padres de sus abuelos, dónde vivían o cuál era su estilo de vida. Si bien ya se han dicho muchas cosas respecto de la necesidad de las personas de basar el futuro en su pasado, cosas como, por ejemplo: “quien carece de pasado, carece de presente y su futuro está envuelto en tinieblas, empero parece que esta expresión está más vinculada a la necesidad de los individuos por conocer su historia nacional y la del colectivo al cual pertenece.

Solemos conocer mucho mejor nuestra historia nacional que nuestro relato familiar. La historia colectiva la estudiamos en el colegio mientras que no todos tienen el mérito de poder escuchar el propio relato familiar de boca de sus padres o abuelos y tratar de reconstruirlo, a veces, suele asemejarse a armar un rompecabezas a partir de un sinnúmero de fragmentos. Probablemente, antes del holocausto la situación era diferente. Es probable que el exterminio interrumpió la cadena de transmisión de las tradiciones familiares que van de generación en generación. Es probable que esta búsqueda del narrativo familiar se trate de un proceso derivado del postmodernismo, o sea, desconectarse del narrativo colectivo para construir un nuevo relato personal.

La historia no solamente es una apasionante disciplina de estudio sino también una herramienta individual de autoconocimiento personal, colectivo y del mundo circundante.

Creo que investigar las raíces familiares es una forma de conferirle a la historia general un sentido personal. El Rabino Jonathan Sacks explica magistralmente la diferencia entre historia y memoria personal y la necesidad de investigar el origen familiar: “Existe una abismal diferencia entre historia y recuerdo personal, la historia es la crónica de un evento que acaeció en otra época a otra persona. Recuerdo es el relato de un evento que me ocurrió a mí por lo que es parte de mi persona y de quien soy. La historia es información mientras que el recuerdo es parte de una identidad…sin recuerdo no hay espacio para una identidad…y así como ocurre con las personas individuales otro tanto acaece con las naciones: se posee una identidad continua solamente en la medida que se pueda recordar de dónde se viene y quiénes fueron los antepasados…ser judío implica saber que más allá de la historia, está la misión de recordar”. La región de los Cárpatos, o como es denominada- Zacarpatia, era parte del Imperio Austrohúngaro hasta el final de la Primera Guerra Mundial y luego fue cambiando de manos entre rumanos, húngaros, eslovacos, polacos y ucranianos. Hoy en día esta región se reparte entre los diferentes países que la limitan con los Montes Cárpatos. En el pasado esta región estaba asociada con el acervo cultural judeo húngaro tradicional. Hasta el holocausto vivieron aquí unos cien mil judíos. En la actualidad, del lado ucraniano de los montes hay solo unos mil, especialmente en las ciudades de Host, Hughorod, Ungwar y Munkatsch.

Existen diversas opiniones respecto del origen de la presencia judía en los Cárpatos, empero es claro que la primera ola migratoria proveniente de Galizia y Ucrania es posterior a las masacres de 1648-9. La mayoría de la población en general y de los judíos en particular habitaban aquí en pequeños pueblos y aldeas y muchos de ellos eran paupérrimos. En esta región surgieron los grupos jasídicos de Satmer, Tzantz y Munkatsch. Distintos líderes jasídicos actuaron en esta región incluido el fundador del movimiento Rabí Israel Baal Shem Tov, aquí nacieron algunos de los premiados con el Nóbel como Isaac Bashevis Singer, Shai Agnón y Elie Wiesel.

Una de las ciudades principales de la región carpática era Munkatsch que se encuentra a orillas del Rio Laturitza. Hasta el final de la primera guerra mundial esta ciudad se encontraba del lado húngaro del Imperio Austrohúngaro y hasta la víspera del holocausto era la principal comunidad de esta región de los Cárpatos y contaba con 14.000 judíos. En la actualidad Munkatsch es denominada Mokchevo y es una ciudad ucraniana en la que viven no más de cien judíos.

En el mundo judío, esta ciudad es conocida en virtud del líder jasídico Rabí Jaím El’azar Shapira, fundador del grupo jasídico local y acérrimo oponente del sionismo. La vida judía en Munkatsch floreció entre polos opuestos, entre un grupo jasídico anti sionista y los partidarios del sionismo, entre los ilustrados egresados de la preparatoria hebrea y quienes abandonaron la religión. Asimismo, existieron grandes discusiones y pleitos entre los distintos grupos jasídicos que convivían en la ciudad: Belz, Satmer, Sapinke y Vishnitz junto a opositores al jasidismo, neólogos, reformistas y comunistas, Beitar y Hashomer Hatzair, todos debatían unos con otros. Visitando las calles del otrora barrio judío de Munkatsch, en el patio de la residencia de su líder jasídico homónimo en pleno ghetto, no pude evitar imaginar cómo era la ya extinta vida judía en esa localidad. A final de cuentas llegué a una triste conclusión que en cierta forma empañó la alegría festiva: “no hay nada nuevo bajo el sol”. Munkatsch fue un microcosmos de la existencia judía. Aquí convivían judíos que detentaban distintas perspectivas de vida tanto en lo político como en lo religioso en un estado de permanente debate y discusión sin lograr desarrollar un vínculo de amor y hermandad entre sí.

Por Rabino Eliahu Birnbaum