Por el Rabino Eliahu Birnbaum, Director de los Institutos de Formación de Emisarios Beren-Amiel y Straus-Amiel de Ohr Torah Stone
Hay una magia silenciosa que se siente al entrar en una sukká. Sus paredes son delgadas, el techo está abierto al cielo. Es frágil por diseño: un refugio no hecho de piedra, sino de espíritu. Y sin embargo, a pesar de su sencillez, se siente completa. No por su estructura, sino por las personas que hay dentro. Una sukká cumple su propósito solo cuando se convierte en un espacio de unión, de historias compartidas y de corazones abiertos.
En este momento, cuando el antisemitismo está en aumento y la pertenencia judía es cada vez más cuestionada en comunidades de todo el mundo, los temas de Sucot —la hospitalidad, la apertura y la inclusión— adquieren un nuevo significado. Son los cimientos de la resiliencia judía. Y también son los mismos valores que se encuentran en el corazón de la shlijut, la labor sagrada de los emisarios que fortalecen la vida judía en cada rincón del planeta. Su trabajo refleja no solo las necesidades del mundo judío actual, sino también la sabiduría eterna de nuestra tradición.
No hay mejor ejemplo de esa sabiduría que la mitzvá de ushpizin, el acto de invitar huéspedes a nuestra sukká. Este ritual refleja una de las verdades más profundas de la vida judía: que creamos santidad a través de la hospitalidad. La sukká es un espacio de inclusión, donde todos tienen un lugar y cada persona es valorada. Su propósito se cumple cuando la abrimos a los demás, atrayendo a la gente con calidez, generosidad y presencia.
Esta es la esencia de la shlijut. Los emisarios construyen comunidad abriendo puertas, invitando a las personas a entrar y creando un espacio donde cada judío pueda sentirse conectado, ya sea profundamente observante o apenas dando sus primeros pasos hacia la identidad judía. A veces, esa conexión comienza con algo tan pequeño como una sonrisa y un refrigerio.
Eso fue lo que ocurrió cuando una pareja de emisarios, que servía en la Costa Este de los Estados Unidos, notó que una nueva familia judía se mudaba a su edificio. La familia no estaba afiliada y se había desilusionado de las instituciones judías. Pero los shlijim los recibieron con calidez y ofrecieron bocadillos a sus hijos. Fue un gesto simple, pero con consecuencias enormes. Con el tiempo, las familias se acercaron, y aquellos vecinos desconectados comenzaron a participar en la vida sinagogal. Hoy en día, son pilares de su comunidad judía local.
Lo que comenzó con un pequeño acto de hospitalidad se convirtió en una puerta hacia la pertenencia. Este es el poder silencioso de la shlijut. Con cada conversación, cada comida compartida, cada gesto sincero, los emisarios ayudan a las personas a sentirse parte de algo más grande. Dan vida al abrazo del pueblo judío, ofreciendo conexión, comunidad y un sentido de hogar dondequiera que vayan.
Pero la inclusión no se trata solo de quién entra en nuestra sukká. La estructura misma de la sukká nos enseña una lección poderosa: con sus paredes temporales y su techo abierto al cielo, nos recuerda que la vida judía se nutre de la apertura, la confianza y la conexión. Por eso los emisarios dejan la comodidad de sus propios hogares y sirven a otros con humildad y alegría. Como la sukká, crean espacios abiertos y acogedores —llenos de la presencia de otros— y se esfuerzan por extender un cálido abrazo a cualquiera que lo necesite.
Un ejemplo poderoso de esto es la historia del Rabino Yehuda y Batya Strul, emisarios en Tucumán, Argentina, quienes acompañaron a un joven que, bajo su guía, se había acercado más al judaísmo. Al joven se le presentó una oportunidad laboral que podía cambiarle la vida: una entrevista en Miami. Pero para tomar el vuelo debía salir al aeropuerto en Shabat. Después de consultar con el Rabino Strul, decidieron una solución creativa: el joven pasaría Shabat en el aeropuerto para no profanar la santidad del día. Pero la Rabanit Strul no se detuvo ahí. “No puedes dejarlo solo allí”, insistió a su esposo. Entonces preparó un paquete completo de Shabat —vino, jalá, comida— y envió al rabino al aeropuerto para pasar Shabat con su alumno.
Ese acto de compromiso dice mucho sobre el tipo de relaciones profundas y personales que están en el corazón de la shlijut. No se trata solo de programas o actividades de alcance; se trata de estar presente. En cada comunidad donde sirven, los emisarios nos recuerdan que lo que sostiene la vida judía son los lazos que construimos entre nosotros: la confianza, el amor y el sentido compartido de propósito que nos une.
En conjunto, todos estos hilos de Sucot tejen un mensaje único: la vida judía no puede florecer en aislamiento. Debe compartirse y abrirse a los demás. Y por eso debemos seguir animando y apoyando a rabinos, educadores y otros líderes judíos a asumir la misión de la shlijut.
La sukká nos recuerda que el judaísmo prospera cuando abrimos la puerta y salimos al mundo. Este Sucot, honremos a nuestros shlijim y renovemos nuestro compromiso con la idea de que la vida judía —dondequiera que esté— vale la pena construirla, fortalecerla y sostenerla, a pesar de los desafíos.


